Una partida de póker

A un lado, Minnie. Al otro, el sheriff Jack Rance. Están en su cabaña del salvaje oeste, en mitad de una ventisca. El premio es la vida de Dick Johnson, el sobrenombre que el bandido Ramirez se ha dado para pretender a la bella Minnie, dueña y camarera de la Polka, a quien por otro lado desde hace años ansía Rance. Éste ha descubierto al herido malhechor y galán en la buhardilla de la guapa y seductora mujer, y amenaza con llevárselo preso. Ella, desesperada, juega su amor a las cartas, tras convencer a duras penas al justiciero, cegado por poder ganar en el juego lo que el corazón de su rival le niega. Minnie gana la primera mano, pierde la segunda. Y en la definitiva, Rance se levanta altivo mostrando tres reyes, celebrando su victoria antes de tiempo. Ella baja la cabeza y él dice "la partida se ha acabado". Entre las carcajadas del sheriff, y ante el cuerpo maltrecho de su amante, Minnie espeta orgullosa "tres ases y una pareja". Se hace el silencio. No hay un reproche, no hay un grito. Rance se levanta y pronuncia un "buenas noches" antes de irse derrotado, dejando tras de sí a los dos enamorados.

El momento me parece inigualable. Es un hombre que tiene un revólver y todo el peso de la ley para deshacer su palabra y cobrarse la pieza del bandido más buscado de la zona aun habiendo perdido a las cartas. Es un hombre castigado por su soberbia que acalla su amor por Minnie a sabiendas de que cuando cierre la puerta a sus espaldas, ella irá en brazos del hombre que él disparó e hirió. Es un hombre, en definitiva, al que su honor y dignidad empujan a maniatar sus sentimientos. "Buenas noches", musita sin más reparos viéndose humillado sobre el tapete de la vida. Así lo vio Puccini, y así concluye el segundo acto de "La Fanciulla del West", una de sus óperas menos conocidas, que este fin de semana disfruté en Sevilla, tras varios años de ausencia del Teatro de la Maestranza. Y reproduzco la escena una y otra vez en una grabación de estudio, con Renata Tebaldi y Cornell McNeil protagonizándola. Y gozo con una obra que no conocía, y que desde ya invito a todos a descubrir, pese a no ser fácil ni asequible para todos los públicos. Pero si un western de John Ford mereciera banda sonora clásica, Puccini aquí la brinda de manera excelsa.

"Buenas noches", dijo Rance colocándose el sombrero y bajando la mirada al suelo, para evitar mirar a los ojos del verdugo que había decapitado a su felicidad, la misma persona que, si se hubiera fijado en él, se la habría otorgado de por vida. Salió por la puerta y no miró atrás. Caminó por la nieve, en mitad del frío, derrotado. "Buenas noches", fue lo único que supo decir.

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