Madoff me cae bien

Me parece un Robin Hood del siglo XXI en que vivimos. Ya, el del cuento robaba a los ricos para dárselo a los pobres a punta de flecha. Este banquero era mucho más sutil. Los ricos le entregaban dinero que él no devolvía para vivir como un rajá. Este estafador, porque otro nombre no tiene, debería llevarse un premio internacional de economía. Consiguió redistribuir la riqueza de los que más tenían… consigo mismo y los suyos. Todo un talento, porque además los estafados sólo se enteraron de la película al final, ya en los créditos y con las luces del cine encendidas. Y para entonces, no había tiempo de filmar una segunda parte en la que recuperaban sus fondos. Yo me alegro. No del mal ajeno, sino de las consecuencias de la codicia desmedida. Cuando alguien que nada en la abundancia directamente aspira a multiplicar su dinero, siguiendo la máxima de que el capital bien manejado crece exponencialmente sólo por el hecho de existir, sencillamente merece perderlo todo. No estoy en contra de amasar fortunas, pero si ha de hacerse, que sea merced al trabajo de una persona, y no por el talento de algún broker que compra y vende acciones o invierte en fondos asiáticos para amontonar dinero en la cuenta corriente. Me parece que el tal Madoff es un visionario. Todos deberíamos aprender de él: engatusar a millonarios snobs y codiciosos para vivir a costa de su dinero mientras ellos piensan que se enriquecen aún más, para llegado el día decirles que todo fue mentira y que no tendrán diez ceros en el banco, sino sólo nueve. Una lástima, ricachones del mundo, porque vuestro financiero favorito, ese que os captaba como lelos en los clubs de golf más excluyentes, ese por quien suspirábais para dejarle siete mansiones y un ático en Manhattan como herencia a vuestros tataranietos, os ha timado como Lina Morgan al tonto de las estampitas. Y yo, desde mi discreta pobreza, desde mi piso de alquiler y mi coche a plazos, me río. De los siete pecados capitales, la codicia es la base del capitalismo. A Madoff no hay que procesarle y condenarle, sino absolverle a divinis y asegurarle plaza en el cielo. Se la ha ganado. Los de los autobuses laicos se equivocan: Dios sí existe, y el tal Madoff es su enviado.

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