La familia, y uno menos

Ha salido a la calle la Iglesia, con mayúsculas, para defender su concepto de familia. Para los descreídos de ese valor familiar, pues podría darnos igual o incluso causarnos rechazo que curas y obispos (casualmente, asexuados por la gracia de Dios) digan qué debe ser un hogar. Pero lejos de molestarme, entiendo que forma parte de la normalidad civil y social de un país. Del mismo modo que vemos natural que los colectivos gays y demás salgan a la calle a exhibir su "orgullo" (ya me dirán si los heteros debemos hacer lo propio rozándonos con chicas sobre carrozas y borrachos como cubas), hay que situar en la más estricta normalidad que grupos y asociaciones conservadoras defiendan su concepción de lo que debe ser la familia. Unos y otros no son incompatibles, es decir, tienen cabida en una misma sociedad. ¿Que la Iglesia toma partido? Sí, ¿y qué? ¿Acaso nos sorprende a estas alturas que esté contra el aborto, contra los matrimonios entre personas del mismo sexo o contra el divorcio? A mi, desde luego no. Sus posiciones son de sobra conocidas desde hace algunos siglos, y todo lo más que ha evolucionado es que deja de quemar a quienes no la secundan. Si las cosas de palacio van despacio, las de la parroquia aún más.

Ello no quita que, independientemente de que yo no crea cerradamente en postura alguna preconcebida, sienta como más positiva la idea que defiende la Iglesia. Puestos a ocupar el vacío moral de esta sociedad (laica o no), que se va por el sumidero de la indiferencia y la nada existencial, no estaría de más creer en que un padre, una madre y unos hijos conforman un entorno básico a proteger. Luego me da bastante más igual si llaman Belcebú a Zapatero y todo el resto de consignas políticas. Entre las familias propuestas, yo me quedo con la convencional, aunque sea para los demás, porque ya sabe usté señora, que yo con su hija tendré un tratado de no agresión y un pacto de convivencia fuera de lo común. No predicaré con el ejemplo, pero sí admito que a esta sociedad le iría mejor volviendo a algunos valores y principios cristianos bastante básicos, como el respeto, la bondad, la solidaridad y el amor. Suena a antiguo, lo sé, pero dado que la familia actual está desestructurada y echada a perder, algo o alguien debe llenar ese agujero negro en el liderazgo moral de la sociedad. Si debe ser la Iglesia, mejor que el Gobierno o la televisión. Aunque lo ideal es que no nos hicieran falta ni unos ni otros. Pero eso es otra película.

PD: Y no, este post no es ninguna inocentada. Por si a alguno le quedaba duda, me gustan tan poco los uniformes como las sotanas.

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