Demonios del armario

Una de las series que más me divirtió del año pasado fue la salvaje y gamberra "Californication". En su primera temporada, Hank Moody deambulaba por la vida y peleaba por recuperar a la chica de su vida. En la segunda, y por exigencias del guión, estaba destinado a perderla. He estado retrasando verla varias semanas, porque me tensa esa situación, la de la pérdida, la de que se te escape por errores propios o circunstanciales el ser que más hayas querido y deseado jamás. Me aterra, me abre el armario para que salgan mis demonios más personales y campen a sus anchas por mi cambiante ánimo. Y sé que no deja de ser ficción, una serie americana que por imperativos del mismo guión volverá a juntarlos doce o quince episodios más adelante, o puede que la próxima temporada. Pero me hurga en las entrañas y me revuelve los intestinos contemplar más fracasos emocionales, más apocalipsis sentimentales, más tinieblas en el corazón. Cierras los ojos y ahi los tienes, bailando a tu alrededor, a los puñeteros demonios riéndose y agitando tus recuerdos, sólo por hacer daño, sólo por hacerte revivir el drama del momento. No quedan siquiera rescoldos de esa hoguera, pero la mancha de hollín no se quita tan fácilmente. Y yo estoy tan lejos de Compostela…

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