A contracorriente

Cuando empiezo a cuestionar diversos aspectos que se han convertido en tópicos y hábitos adquiridos de la profesión periodística, me pregunto a mí mismo si es que no encajo yo en ella… o muy al contrario, tengo más decencia profesional de la que a veces quiero creer. Porque estos días estoy celebrando con entusiasmo una sentencia de la Sala Civil del Tribunal Supremo que ha estimado que prepondera el derecho a la intimidad al de la información, y que por tanto el periodismo de cámara oculta vulnera principios y esferas inviolables de la persona. Aplaudo con fervor tanto sentido común. En los últimos años, televisiones basura contrataban a productoras basura para, con cualquier pretexto, esconder una cámara en un bolso de Gucci (seguramente falso) y dárselas de reportero de investigación, filmando sin previo aviso ni consentimiento desde consultas médicas a despachos de abogados, pasando por tráfico de drogas o prostitución, y llegando al siempre zafio mercado de la información del corazón. Daba todo igual, porque el sacrosanto principio de la libertad de información valía como blindaje a algo tan íntimo como la vida privada. Era indiferente que la grabación se produjera en un domicilio privado y no en la vía pública. Nada importaba que el grabado fuera una persona anónima y no un "famoso". Todo valía para estos productores basura, jefazos de periodistas necesitados de pagar la hipoteca, para montar ese tipo de reportajes, muchos de ellos con el sello de El Mundo TV (sin comentarios) o Telecinco (todavía menos, ¿verdad?).

Al fin la Justicia se decanta por regular el oficio periodístico. Y me da una profunda pena que sea así, porque aunque haya que respetar a los jueces, no siempre tienen la sensibilidad adecuada para interpretar lo que supone para la sociedad la profesión que ejerzo con cierto orgullo. Porque nunca habría sido necesario llegar a este punto si nosotros mismos hubiésemos establecido unos límites, unas líneas rojas de dignidad y profesionalidad que jamás deberían traspasarse. Como hemos sido incapaces, del mismo modo que hemos sido igualmente negligentes para dotar de contenidos la enseñanza académica de este noble oficio, ahora tienen que venir elementos externos a nuestro mundo a darnos lecciones. Nos lo tenemos merecido. Sólo espero que aprendamos, que abramos los ojos ante las fechorías que algunos cometen en nombre del periodismo, y que les paremos los pies. Porque se puede hacer información de izquierdas, de derechas o de centro (si le hablan de la imparcialidad, señora, ríase), pero desde un mínimo de dignidad, de rigor, de respeto por los demás. O se puede usar una cámara escondida, probablemente en el mismo sitio que la integridad moral de quien la usa.

En estos días no sé si peco de poco compañerismo y merezco destierro a la abogacía, o por el contrario deambulo por la senda correcta. Quizás el simple hecho de que me moleste en escribir estas cosas tenga algún sentido. Quizás no.

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