Vías de escape

Cuando un día se tuerce, cuando irremediablemente se desliza por la laberíntica senda de la complicación, cuando no hay forma de parar de trabajar durante doce horas consecutivas y a cambio sólo se recolectan malas caras… Cuando un trabajo que debería ser placentero acaba convertido en una máquina generadora de estrés, y ni siquiera un lujoso cinco estrellas es capaz de amainar el temporal, es el momento en el que la noche brinda sus encantos como terapia. Estos tratados míos de las bondades nocturnas sé que pueden parecer chocantes, y que seguramente me dibujen con un trazo grueso y borroso, pero así son las cosas cuando el Quillo escribe, señora, esto no es el consultorio de la señorita Pepis, sino mi diván particular para desahogarme de las miserias cotidianas. Mi primer momento feliz de un día negro, mi vía de escape a una fecha de calendario que olvidaré en cuanto me levante, ha sido sentado en un sofá de la sala de fumadores del hotel, con un copazo de Jameson cola, departiendo amigablemente con el simpar Rui Costa, periodista portugués y buen amigo. Un salao. Al primer sorbo enterré todos los demonios que me habían atormentado mientras trabajaba. Al segundo, recuperé la sonrisa. Al tercero, mi cerebro se reactivó casi automáticamente y me acordé de quien debía, ausente pero presente, casi casi. Un casi de esos que da igual el grado que tengan mientras merodeen al azul con la ternura debida. Al cuarto me sentía zambulliéndome en otro momento, en otra situación. No podía porque me encontraba de conversación, pero lo que en serio me apetecía era cerrar los ojos e imaginar, soñar, volar de regreso a Santiago en una noche de miércoles cualquiera para reencontrarme con L&L y prender fuego a la piedra compostelana, ahora que ha recuperado a insignes e ilustres inquilinas, de regreso tras forzados exilios. Aunque últimamente, lo que más anhelo sería sentarme apaciblemente sobre una de las rocas que vigilan este atlántico lanzaroteño y pensar, recordar, ordenar esta cabeza loca, borracha de sensaciones, huérfana de sentimientos, pero de ideas muy claras y simples. Copa en mano, mirando al infinito de la noche canaria, escuchando el rompeolas bajo mis pies, reafirmándome en mis escasas convicciones, dando de lado a mucho de lo que me rodea pero en verdad es accesorio.

Sólo una verdad diáfana y auténtica. Esto es lo que hay, al Quillo no nació aún quien fuera capaz de cambiarlo, y si lo hubo, se conjuga en pasado imperfecto porque esquivó el futuro perfecto. "Carne y hueso, se muere de hambre el mundo alrededor". Virtudes y defectos agitadas en coctelera para este resultado impresentable y asocial mientras brilla el sol. Incluso maldito mil veces, uno tiene su encanto, señora.

Apuré mi copa. Hora de dormir. Buenas noches.

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