Estrellas azules, cielo de luto

Paul Newman nos ha dicho adiós. Se ha cansado de pelear con su enfermedad y ha cerrado los ojos para dormir el sueño eterno, tomando la escalera hacia un cielo que hoy está de luto por su muerte. Las estrellas que le rodearán en el firmamento se contagiarán del azul de sus pupilas para brillar con más fuerza si cabe, y recordarnos que su luz iluminará a los personajes a los que dio vida y nos regaló minutos de felicidad en la sala oscura. Para mi, Newman será siempre el borracho Henry Gondorf que planea el golpe más importante de su vida, y que le roba la partida a otro truhán de ojos azules, el galán Redford. Fue un abogado fracasado en "Veredicto Final", un boxeador en ciernes en "Marcado por el odio", o un marido turbado en "La gata sobre el tejado de zinc". Fue lo que quiso, como lo quiso, cuando lo quiso. Fue uno de los más grandes de la historia junto al gordo Marlon Brando, el entrañable James Stewart, el galán Cary Grant o el noble Henry Fonda. Yo no tengo palabras para dedicarle salvo esbozar una sonrisa recordando cada vez que aparecía en pantalla, y todo indica que esta noche le recordaré en DVD. Nos quedamos huérfanos de símbolos en el cine contemporáneo, y los que deberían seguir su estela, los De Niro y Pacino, se empeñan en manchar su legado. Paul Newman, una de las miradas más sinceras de la historia del cine, uno de los actores para la eternidad, uno de los amantes más constantes junto a su Joanne Woodward de toda la vida. "Somebody up there likes you", mr. Newman.

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