Mighty man

La vuelta al trabajo gratifica pero cansa. Agota. Quiebra nuestro aguante para soportar pamplinas de los políticos, esos seres a los que pagamos y luego no recibimos de ellos mas que silencio e indiferencia ante nuestros problemas. Pero volver al misterio de la página en blanco, de la firma en negrilla, del titular malicioso y la información dura es una droga que hasta que no se vuelve a probar, no se sabe cuánto se ha echado de menos. Los periodistas nos sentimos poderosos ante nuestra tarea de informar, si no fuera porque las más de las veces la sociedad no nos cree, y directamente pone en duda nuestras noticias. Pero llegados a ese caso, sólo queda pensar que los propios políticos se leerán en tus páginas. Y alguno habrá que se dé cuenta de que sus mentiras han sido desnudadas, y que ahora no puede esconderse ante la opinión pública, un tribunal anónimo pero de sentencias firmes y contundentes. Además, ser el único diario de oposición, que se sale del discurso oficial, hace que convertirse en la oveja negra de los periodistas sea divertido. En el fondo, esto es un juego. A veces unos van con blancas, y otros con negras. El tablero se llama democracia, y permite pasar del ajedrez a las damas chinas sin el menor tambaleo. No está nada mal esto. Cuando me pregunto qué me da esta profesión mía, siempre acabo llegando a esta sensación virtual de poder, que por un momento nos convierte en pequeñitos Charles Foster Kane, pero sin Rosebud ni trineos. No me repito, señora, es que igual hay algún incauto que no vio la película.

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