Tacto

Abomino las informaciones de sucesos. Me parece que el ser humano tiene una tendencia a escarbar en el morbo y las desgracias ajenas para impregnarse de las mismas, y los periodistas tenemos la mala costumbre de revestir eso como aparente interés informativo. Yo suprimía los accidentes, los asesinatos de violencia de género, los suicidios y demás noticias escabrosas de los periódicos y los telediarios. Sólo demuestra la ruindad del ser humano a la hora de tratar a sus semejantes, y en el caso de los accidentes, la mezquindad de la DGT para atemorizarnos antes de ponernos en carretera. Aborrezco los sucesos por norma, los evito a toda costa en mi ejercicio profesional, y admiro a quienes son capaces de cubrirlos como témpanos de hielo, con una entereza a prueba de bombas.

Así que imagínense lo que pienso de la cobertura del accidente de Barajas, donde tras estrellarse un avión de Spanair fallecieron más de 150 personas. Una tragedia a todas luces, no lo niego. Pero entonces llegamos nosotros, los periodistas, y nos empozoñamos en las miserias de los familiares para vender periódicos y levantar audiencias. Lo primero, indagar en las llamadas "tragedias anónimas", que consiste en preguntarle al padre que ha perdido dos hijas y una nieta que qué tal está. Así, sin pudor. Luego, seguir por los familiares de la madre que murió salvando a su hijo pequeño, erigiéndola como heroína del accidente, y llenándose la boca de elogios para alguien que ni los puede oír ni creo que los quisiera. El siguiente paso es irse a los psicólogos y preguntarles en qué estado se encuentran los familiares tras conocer la pérdida de sus seres queridos, y cómo se les consuela. Y por último, elucubrar cómo se cayó el avión, buscándose a los más variopintos especialistas y doctos peritos que emitan opiniones gratuitas sobre un hecho que está bajo secreto judicial por ser parte de una investigación. Todo, con mucha solemnidad, eso sí. Todos muy serios, los presentadores de negro, rictus fúnebre y cara de consternación, cuando a los dos días esos mismos programas van a hablar de Belén Esteban, de Ana Obregón o de cualquier otra estupidez del corazón.

Por ello, el único diario que ha abierto la reflexión de hasta dónde puede llegar el periodista en la cobertura informativa de una tragedia, que va desde la narración de los hechos del accidente hasta el chapuzón en la intimidad de las víctimas, ha sido El País, que demuestra una vez más que, más allá de ideologías, es un periódico serio. En un artículo interesante, el diario se hace varias preguntas sobre el comportamiento de los profesionales de la información. Estas son las cosas que debería diferenciar a la prensa seria de los que hacen amarillismo y mal periodismo. Debería enseñarse en las universidades, pero como es mucho pedir, al menos tendría que estar recogido en los manuales y libros de estilo de cada medio de comunicación. No vale decir que la sociedad demanda zambullirse en la pena colectiva de las familias. El deber del periodista, del buen periodista, es educar a la sociedad en valores, y uno que deberíamos tener más presente es el derecho de una persona que sufre a llorar en soledad. Unos señores que redactaron hace 30 años la Constitución lo llamaron Derecho al Honor, a la Intimidad Personal y Familiar, y a la Propia Imagen, y decidieron situarlo en el artículo 18. Ya ve, señora, que no es baladí.

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