Noches y más noches

Hace mucho, pero que mucho tiempo, hablé del valor lisérgico de las noches. Creo que fue el segundo o tercer post en la historia de este blog, hará ya tres años. Aquello tuvo su sentido. Eran momentos muy concretos, donde la soledad y el vacío acabaron por filtrarse a través de las palabras. Ahora todo es distinto pero sin embargo similar. Me noto que pierdo cosas y que no acabo de reemplazarlas por nada nuevo. Es la sensación de estar sentado en mitad de la nada, viendo el tiempo pasar y preguntándome qué hacer, qué decisiones tomar, a quién abordar para que me facilite siquiera una pista de por dónde seguir. Me he vuelto menos impulsivo con los años. Sólo así se explica que no haya hecho alguna bendita locura que el corazón me hubiera susurrado, fruto de la irracionalidad. Nada grave, no crea señora, que para hacer tonterías siempre hay tiempo y algún bachiller con el suficiente para acometerlas en mi nombre. Ya he hablado antes del hastío que me invade últimamente. El sábado me pasó lo impensable. Me aburrí mucho con Luis y Lucas. Es la primera vez que me ocurre. No sé si fue una señal, o que estaba demasiado cansado tras una semana infernal de trabajo. Desde luego no fue culpa de ellos, que son responsables de intentar animarme en las peores coyunturas posibles. Siempre han estado ahí para eso, y para otras muchas cosas que les hacen merecedores del título nada honorífico de amigos míos. Entonces me han venido surgiendo preguntas a la cabeza, sobre qué hacer y cómo.

Tengo un camino que yo mismo he marcado, casi por desestimiento de otros que tuve en el pasado. No sé a dónde lleva exactamente. Voy dando pasos hacia adelante. Pequeños, lentos, con mínimas satisfacciones y un puñado de ilusiones que sólo el destino sabe si se cumplirán. Pero como estoy en un punto en el que cuestiono todo, a veces rememoro, y le doy vueltas a esta cabecita por si hice bien en alejarme del resto de sendas. Entonces he llegado a algunas conclusiones. Y una de ellas es que independientemente de que deambule por una ruta u otra en esta vida, al menos hay que saber qué actitud tener ante cada una de ellas, para cuando nos toque cambiar de vía, como los trenes en una estación, saber exactamente qué queremos. Ah, señora, eso sí que lo sé. Lo sabe este mismo blog desde que puse su primera letra. Se me aparece diáfano, cristalino, y no sólo en la lisergia nocturna, sino el resto de horas del día. Llegará el día, porque el destino es esquivo pero no ingrato, y bajo los matojos aparecerá el camino de baldosas amarillas. Luego no sé si me conducirá a Oz o al castillo de la bruja malvada del Oeste, pero sabré que tocará andar. Mientras tanto, pues sí, caminaremos, a veces nos pararemos y "en lo que dura un cigarrito, voy a pensar en estos años, todo lo que ha pasado. En el cajón de la memoria guardo trocitos de la historia, las páginas que ya han pasado de un libro inacabado". Gracias Fito.

A veces no me entiendo ni yo. Pero sé que hay quien lo hace. ¡Sólo si el camino actual cambiase el albero por un mínimo empedrado, qué empujón me daría para saber que voy en la buena dirección! Azul, azul, azul… Mozart es casi azul, pero azul perfecto. Y su música es melo-diosa.

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