Intocables

Vale, sí, reconozco que tras esta facha de tipo duro hay un individuo que ve "Operación Triunfo". Pero es que me río mucho, diré en mi defensa. Sobre todo por esas salidas de tono de Risto Mejide, el enfant terrible del jurado, que gusta de hacerse notar con el trazo grueso de sus opiniones. Ya digo que funciona en audiencia: es lo que más me divierte de las galas. Y anoche dijo una verdad como un templo: hay canciones que no son versionables. O mejor dicho, hay un selectísimo grupo de intocables que de ser revisadas por estos "triunfitos" que aspiran algún día a cantar más allá de las verbenas de los pueblos, pueden acabar contaminadas por el virus de la vulgaridad y desaparecer en el olvido. En el último programa, a dos chavalitos duchos en canción ligera (una clasificación que siempre me pareció cateta y cursi) les encomendaron darle forma al "Smells like teen spirit" de Nirvana. No soy yo un fan confeso de los malotes grunge de Kurt Cobain (algunas de cuyas frases célebres están en la red y son del estilo "prefiero ser el peor de los mejores que el mejor de los peores", cojonudas para una carpeta de instituto). Ni un poco. No les encuentro esa majestuosidad que a comienzos de los noventa arrastró a millones de fans. Lo siento, señora. Pero sí reconozco que son un referente del rock, y que su música no tiene la más mínima cabida en un programa del formato de OT, donde hasta que se demuestre lo contrario, sus participantes son aficionados con más o menos talento, con peor o mejor voluntad. Risto hizo esa puntualización y añadió que habría de habilitarse una "reserva protegida" de canciones lejos de las manazas y las voces desentonadas de estos muchachos. Y puso como otro ejemplo a Bruce Springsteen.
 
En general, el rock lleva mal que lo canten "poperillos de mierda", que dice el Kutxi, porque exige un compromiso vital (a menos que seas El Canto del Loco, Pignoise o los Hombres G, que sólo piden polo y deportivas), una filosofía de vida, una manera de concebir la música que está en las antípodas de un grupo de chicos y chicas a los que le gusta la rumbita, el flamenquito, Luis Miguel (inclasificable) y las baladas con coros melodiosos para llorar como una Magdalena y encender mecheros en la oscuridad. El rock no se enseña, hombre, y en siete días no se aprende a cantar con dignidad casi nada, y menos un himno generacional como era la canción de Nirvana (que a todo esto, hoy no serían nada ni nadie de no haberse drogado hasta la muerte Cobain, profetizo). El rock nació en los garages, en los bares más sucios de cada pueblo, componiendo canciones en camionetas y furgonas, con un punto arrastrado y decadente que le da ese valor adicional que le hace escapar de los convencionalismos. El rock es una guitarra adornada, es el eco de una batería y el ritmo de un bajo que acompañan a una voz que canta las cuarenta. El rock no es un producto para vender en OT, como tampoco puede venderse Jack Daniels a la puerta de un parvulario. Sólo de pensar que alguna de estas criaturitas intenta versionar a Platero, Reincidentes, Leño, Extremoduro, Loquillo, Rosendo o el Barón Rojo me entran tiriteras, por referirme a grupos españoles. Siempre les quedará Fito y su soldadito marinero o como cojones se diga. Que lo versionen, a ver si por un casual lo arreglan o lo acaban de hundir.

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