La miseria al por mayor

Ver miseria vende. A granel, como cuando uno va al mercado y ve los garbanzos en sacas de kilos. Si se analiza la parrilla de las televisiones privadas (la pública parece que lo va desterrando), hay algunos programas que escarban en el lado oscuro de la vida de las personas anónimas, que alcanzan una notoriedad eventual a costa de airear sus trapos sucios en directo para regocijo de una máquina infernal, el polígrafo. Es el notario de las desgracias, el chivato mediático, que rotula en fluorescente las vergüenzas de quienes se someten a su escrutinio. Hay que hacer preguntas chuscas a quien se sienta en el concurso a jugarse las habichuelas, cuando más estridentes y repugnantes, mejor. Es necesario humillarse, arrastrarse por el fango sin pensar que a la mañana siguiente todo el barrio va a saber los secretos de la familia que se ventilan en la televisión. Se pregunta, se responde, y la maquinita poligráfica de marras dicta el chabacano veredicto, que la audiencia al día siguiente dirá su estuvo bien argumentado o todavía había que clavar un poco más el estoque en la intimidad. ¿Ha soñado con chuparle el dedo gordo del pie a la novia de su hermano? ¿Alguna vez ha practicado sexo sin protección sobre la encimera de la cocina de sus suegros mientras calentaba leche en el microondas? ¿Sueña con ganar una lotería y comprarle un coche a su mujer para que se vaya de paseo y así usted realizar prácticas masoquistas con su vecino meningítico? Así, de este pelaje son los temas de enjundia que se tratan en "La hora de la verdad" o "El juego de tu vida", alguna de la caspa más repugnante que pulula por televisión. Hay basureros con mierda menos maloliente.
 
Los domingos por la noche, bien escondido, Javier Sardá emite su programa. Dicen que es de viajes, pero eso es mentira. Va de él. Él viajando, él comiendo, él hablando en off, él dando la cara, él quedando de tio guay junto a sus amigos no menos guays, él, él y él. La egolatría de este tipo sólo es similar al escasísimo talento que le queda, y lo poco que tiene a estas alturas que aportar a la televisión. Ni siquiera es simpático cuando se va de verdulero al jurado de "Tu sí que vales" junto a Los Morancos. Telita marinera. Pero es Sardá, y todavía parece que resuena el eco del éxito de las Crónicas Marcianas, un programa que nació ilusionante y acabó en el mismo vertedero que el polígrafo. Así de simple. El éxito reconcome por dentro. Habría que plantearse los efectos perniciosos de alcanzar la cima.
 
Y como la televisión dominical nocturna tiene que tener de todo, tropiezo con "No disparen al pianista", un invento de La 2 que me gusta simplemente porque hay música en directo. Claro, a unas horas imposibles, porque es mucho mejor dar series americanas de desecho a media tarde o en prime time antes que espacios valientes, distintos, obligados a la marginalidad. Y la cosa promete, aunque tenga al cada vez menos gracioso "el Sevilla" intentando hacer una sección de no sé bien qué o haya que sufrir a los Dover. Una de esas metamorfosis imposibles en la música sin sentirte fracasado, porque pasar de ser un "grunge" (sea eso lo que sea, porque a mi me suena a rockero pijo inconformista) a una mala copia de Madonna es como para hacérselo mirar en el psicoanalista. Luego esa chica llamada Bimba Bosé, empeñada en ser chocante a la vista (al oído no tanto, porque se defiende cantando), y más grupos así aparentemente desconocidos, pero que agradecen disponer de un hueco en la televisión como en aquellos lejanos años ochenta existía "La edad de oro" o "La bola de cristal". La música en directo SIEMPRE merece desbancar a las miserias.
 
Y por último, a mi me gustaban mucho los programas esos en plan "Callejeros". Pero volviendo a la miseria, ya basta de sumergirse en los barrios marginales de cada ciudad. Ya deprime. Dicen los psicólogos que necesitamos saber de las tragedias de los famosos para humanizarlos y minimizar las nuestras propias, y que cuando más vemos que hay gente que lo pasa peor todavía, que no tiene ni un mal mendrugo de pan sin gusanos que llevarse a la boca ni agua corriente, nos sentimos superiores y las penas son menos penas. Cómo somos los seres humanos, leñe. La televisión debe ser denuncia, vale, y presentarnos la realidad tal y como es, pero no convertir la desgracia en un aliciente para recaudar publicitariamente. Da lástima. Porque denota falta de talento, de querer exprimir las debilidades del individuo, y de buscar enriquecerse a su costa. Porquería de televisión que tenemos. Menos mal que queda el DVD. O el suicidio catódico.

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