Los Pulitzer

No se le escapa a nadie que en esta profesión periodística, lo más parecido
a un Oscar es que te den un Pulitzer. A mi no me lo han dado (solo faltaría que
los repartieran a los recién llegados), y está por ver que se lo den nunca a un
español, visto el periodismo que destilamos en este país. La lista de los
premiados de este año es un cambalacheo entre dos cabeceras poco conocidas, el
New York Times y el Washington Post. Como el Adelantado de Segovia y la Opinión
de Murcia, mismamente, pero en verisón barras y estrellas, oh yeah. Ahora es
cuando yo denigro un poco al oficio del que formo parte, y que al igual que a
muchos compañeros con los que convivo muchas horas de Parlamento, campañas,
ruedas de prensa, conferencias, discursos, mesas redondas, etc., cada vez me
asquea más. Y lo hace porque nos está instalando en la trinchera política,
mediatizando dentro del espectro ideológico. Nosotros no informamos para un
público plural, sino para el votante de un determinado partido, que quiere
reafirmar sus opiniones leyendo negro sobre blanco un periódico. Estamos
escondiendo debajo de la alfombra algunos principios básicos, al servicio de los
oportunismos políticos de cada momento, olvidando qué debería ser el periodismo
de verdad, el compromiso con la sociedad y nuestra labor fundamental para la
conformación de una opinión pública libre, sólida e independiente, impermeable a
la propaganda oficial.
 
Si acaso estuviéramos bien pagados, nos podríamos llegar a sentir como
putas de lujo. Ya ve, pongo el culo pero al menos tengo el suficiente dinero en
el banco como para pagarme un masajista que me haga olvidar el resuello en el
cogote. No es el caso. La masificación de universitarios (de la que mi
generación forma parte, sin duda) y el conservadurismo de los medios de
comunicación a la hora de apostar por la renovación y jubilar a sus viejas
(cuando no vetustas) glorias, lleva al desempleo, a la precaridad, al todo vale,
a la explotación laboral, a las sonrojantes becas, a la falta de formación, al
hastío y al desencanto. Ya ve señora, un dulce panorama para sus nietecicos, si
es que les ronda por la cabeza estudiar en un futuro este oficio tan ilusionante
pero que gangrena con rapidez inusitada las esperanzas de quienes en su día
optamos por él.
 
No nos vayamos a engañar, que sería un grave error. La politización de los
medios y su pérdida de credibilidad, su seguidismo de corrientes ideológicas
determinadas y su falta de independencia no son señas identitarias exclusivas de
España. Aquí la cosa está jodida, pero no hay ninguna televisión que haya
alcanzado a la Fox norteamericana, aunque los informativos de La Sexta y de
Cuatro se las traen. También hay que entenderlas, se deben a quien ha amparado
la ilegalidad en que surgieron, y ya lo dice el refrán, es de bien nacidos… El
desprestigio de nuestra profesión es alarmante, no solo por arrimarnos a los
políticos, sino por la irrupción del mal llamado periodismo ciudadano (¿hay
medicina ciudadana o ingeniería de caminos ciudadana?) y la prensa del
"corazón", peluqueras amaneradas que frivolizan con la vida privada de las
personas como si fueran botes de champú. Todo ello, agitado en la coctelera de
una sociedad que vive pegada a la inmediatez, que prefiere engullir teletipos y
titulares a paladear una información reflexionada y reposada, hace que nos
encaminemos hacia la fontanería periodística, y que nos acabe dando igual
cambiar un bajante en forma de crónica parlamentaria que arreglar la toma del
fregadero, o lo que es lo mismo, entrevistar al portero del piso de la Pantoja.
Eso sí, a 60 euros la hora.
 
Mientras tanto, en algún lugar del globo, seguirán existiendo editores y
directores de periódico que no den pábulo a conspiraciones terroristas, que
exijan a sus redactores la máxima diligencia en la contrastación de las
informaciones y huyan del sesgo partidario, que motiven periodismo de
investigación y reportajes de calidad, donde independientemente de lo que
reclame la hambrienta sociedad, el periódico sea quien marque la pauta, donde el
periodista sea respetado y tenido en la misma consideración que un médico (la
salud física es tan importante como la moral), y donde por encima de todo,
brillen principios fundamentales como la libertad, la cláusula de conciencia y
la reflexión interna. Todo esto es la gran entelequia del periodismo, lo que en
España jamás podrá llegar a ocurrir mientras la prensa sea rehén de las ventas,
e importe más cantidad que calidad, tetas y culos que exclusivas y noticias de
alcance, 11-M’s que dignidad y sentido común. Creo ser lo suficientemente
claro.
 
Y lo peor de todo esto es que peco de hipócrita en una dimensión más allá
de lo honrosamente confesable. Podría dejarme de soflamas y aplicarme el cuento,
conjurarme conmigo mismo para que mi día a día alcance un poco más la excelencia
informativa y no abrace el sensacionalismo por el simple hecho de estar en boca
de la gente y se comente cómo titulé ese día. Lo siento. La poca conciencia
crítica apenas me permite reconocer mis errores, diagnosticar su origen,
prescribir una receta y guardarla en el cajón, porque cuando un enfermo es
víctima de un mal crónico, poco se puede hacer por él. Estoy corrompido por una
profesión ensuciada por los mismos que la elevan a los altares, entre los que me
incluí, y ahora reconozco mi frustrada prepotencia cuando a Gabriel Galdón,
profesor y mentor universitario de la Antonio de Nebrija, le reproché que en sus
sabios libros de periodismo escaseara la realidad. Con sus silencios dejó que el
paso de los años me enseñara que acostumbrarse a los hábitos perniciosos no nos
hace mejores, sino unos pusilánimes incapaces de luchar por los ideales que
deberían marcar este oficio.
 
Por esta y por muchas razones, a España no llegará nunca un Pulitzer. Sería
una deshonra para la profesión.

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