Coherencia e ilusión

A partes iguales, que no se diga. Buen domingo este en el que cambian la hora, nos trastocan un poco los biorritmos (sesenta minutos, para ser exactos) y servidor se levanta despejado, después de haber sabido huir de la perdición de Luis y Lucas, profesionales de la noche, compañeros de sociedad mercantil, e incluso amigos. Buena gente, al fin y al cabo. Amanecer con la cabeza fría permite pensar, y de esos pensamientos salen estas palabras amontonadas, a veces con algo de sentido, otras veces apiladas como los periódicos de mi casa, sin orden ni concierto, y a la espera de acabar en el contenedor de la basura. Esta semana he vuelto a coincidir con alguien tras casi medio mes de ausencia. Me he vuelto frio en su trato. No sé si lo merece o no, pero sigo creyendo que debe ser más coherente con lo que dice y hace. Y dejar de beber. Ojo, que tampoco es que yo sea la persona más recta y firme del mundo. Es más, el pasado viernes eché por tierra con mis actos lo que más anhelo estos últimos días, como quien conduce el coche de sus sueños y no se le ocurre otra que meterlo campo a través y embarrarlo hasta la capota. Jugamos con la ilusión. Echamos leña a su fuego para que dé el máximo calor posible, y después vemos que se apaga contra nuestra voluntad. Desconcierta esto del destino, que juega malas pasadas, se burla de nosotros permitiéndonos oler la manzana pero ni siquiera morderla.
 
Ante la coyuntura de perder definitivamente lo que nunca llegó a tenerse, queda la resignación, desistir a luchar contra el mismo azar que nos situó en ese punto de ilusión, o rebelarse contra el enemigo y alzar la voz. Conforme pasan los años, lo segundo da cada vez más pereza, y lo vivido muchas veces reabre viejas heridas de guerra que cicatrizaron mal y ahora vuelven a doler. Pero los conformismos en mi vida ya superan el límite de lo razonable. Ya transijo con unas condiciones laborales de mierda, algún que otro personaje con el que debo tratar sin más remedio al que mandaría al frenopático, los rayajos de mi coche, la lejanía de mi casa, el clima este horrendo de la primavera compostelana y siete kilos que me sobran y debería poner en almoneda. No más. Así que mientras queden fuerzas y voluntad, el Quillo está para quedarse, y va a dar la batalla diurna. La noche no es momento para guerras. Mejor firmar la paz con ella, porque siempre tienes las de perder y acabar sucumbiendo a sus encantos.
 
PD: Hago un añadido necesario. A veces se me critica por dar consejos que en ocasiones no son pedidos. Es un defecto que tengo, soler preocuparme por la gente que aprecio y creo que se equivoca. Y lo seguiré haciendo, mire usté por donde, señora, porque así nunca se me dirá que doy a los amigos de lado o no estoy al corriente de sus problemas. Y los consejos, pedidos o no, deben aceptarse como eso, no como una crítica o un ataque. Sólo la mala conciencia de la gente convierte avisos de buena fe en atentados contra la intimidad. Y por si hay quien todavía no conoce al Quillo al 100%, si da consejos es que no está ni enfadado ni molesto, sino simplemente intentando que a todos les vaya bien. Ahora, quien se moleste por estas simples palabras debería hacer una limpieza interna. U ordenarse algo más.

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