American Gangster

Dos horas y media de cine sin estilo, de actores sin sello propio, de mediocridad ramplona. Eso es "American Gangster", la reconstrucción cinematográfica de la vida del traficante de drogas Frank Lucas, encarnado por Denzel Washington con algo de tino, pero sin la impronta de estrella. Es un personaje con hechuras de mafioso, pero no le llega a Tony Soprano o a cualquier limpiabotas de la familia Corleone ni al tobillo. Es gris, es vagamente recordable. ¿El primer negro que se introdujo en el mercado de la heroína? Muy bien, pero aparte de eso, esta historia cuenta muy poco. La otra parte contratante, la del poli bueno y honrado, la ocupa Russell Crowe, un tipo más que vulgar. No sé qué tiene exactamente para que los directores con algo de renombre quieran trabajar con él. Y Ridley Scott es uno de esos, con quien ya actuó en "Gladiator", aquel peplum por ordenador tan entretenido. Scott es un tipo sin estilo propio. Sus películas no tienen el ritmo de los verdaderos maestros de su generación, señores como De Palma, Scorsesse o Stone. Es más, creo que en estas dos horas y media de película puede haber el triple de planos que en "Casino" o "Uno de los nuestros", auténticas joyas del cine de gángsters, por no hablar de esa Biblia cinematográfica que es la trilogía del Padrino. Amén.
 
"American Gangster" es cansina, no engancha al espectador, no le hace partícipe de lo que sucede, sino mero testigo. Intenta atraer simplemente por el supuesto halo que desprende Washington, en un papel muy fácil para lucirse y aspirar al Oscar. Estaba incluso mejor en aquel tostón de "Training Day", por la que ya recibió el eunuquito dorado. Crowe es un coñazo. Hace treinta años, esta película la habría protagonizado Al Pacino o Robert de Niro, y el papel de negro habría sido para Sidney Poitier o Richard Roundtree (sin bigote, eso sí). Es una película de pura pose, pretenciosa, que aspira a convertirse en superproducción y clásico inmediato más a fuerza de insistir en su excesivo metraje que por suponer algo nuevo en el género. Todo es conocido: traficante hecho a sí mismo, policía incorruptible, connivencia de los poderes públicos, familiares que traicionan, droga, excesos, funky, famosos, opulencia y dos millones de planos en escenas que, de otro modo, serían un suplicio. Apenas las secuencias de acción tienen algo de gracia, en una película donde no abundan. Comparemos, por favor. No tenemos una Lorraine Bracco, ni una Sharon Stone, ni una Diane Keaton que ostente un papel femenino digno. Faltan secundarios como Joe Pesci, un robaescenas profesional, para dar color a la historia. Y es tan soso el Richie Roberts de Crowe que, por eliminación, acabas simpatizando con el malísimo Frank Lucas, que tampoco es gran cosa, oiga.
 
Algo falla en el cine americano actual. Ni siquiera las pelis de mafiosos son lo que eran. A Hollywood se le suponen mejores recursos para reinventar el género una y otra vez, para hacernos caer bajo el encanto del inframundo de la violencia y la extorsión, de yonkis y prostitutas, de traiciones y sexo. O quizás la televisión ha asestado una puñalada al cine con esa maravilla que son "Los Soprano", después de la cual la mafia es otra cosa, y para que vengan a contarnos algo nuevo hay que tener un talento excepcional. Ridley Scott no lo tiene, y a veces me pregunto cómo rodó algunas de las cintas que jalonan su dilatadísima filmografía.

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