Tranquilidad matinal

No lo hago a menudo, aviso. Yo soy más de holgazanear hasta el mediodía en la cama, las más de las veces por culpa de trasnoches empapados en alcohol. Pero ocasionalmente abro el ojo el domingo frustrantemente temprano. Es el momento de la semana con mayor silencio bajo la luz del sol. No se oye nada, salvo algún pájaro piar en esta ciudad que vive medio metida en el campo y rodeada de verde y más verde. Tampoco es que sea una capital muy populosa o tradicionalmente alborotada. La vida compostelana es más bien distendida, con el paréntesis ruidoso de los universitarios, que embarullan las madrugadas del jueves y el viernes. Impresionaba mucho más Madrid. En alguna rara ocasión he visto esa Gran Vía o esa calle Princesa a las 8 de la mañana un domingo, y salvo el puntual autobús rojo, el cientotreintaytantos o el veintipico, aquello era un erial. La inmensidad del asfalto desnudo, la nada en las aceras, el vacío en los escaparates. Apenas éramos unos pocos, bien los que madrugábamos para comprar el periódico, bien los que regresábamos de la batida nocturna. Esos pequeños placeres son los que de vez en cuando echo en falta de Madrid, cuando la metrópoli se convertía en silencio y perdía su dimensión inabarcable. Transmitía paz, tranquilidad, quietud, un sosiego relajante al calor del sol que poco a poco tomaba posiciones en el azul. Luego el mediodía daba paso a los amantes del aperitivo y el vermú, tradición castiza que no perdura por aquí arriba. Y esa si que la extraño, la caña de Mahou bien tirada, sin apenas gas pero fría, con esa espuma suave… Ay, Madrid, cuánto tardé en apreciarte y qué poco hizo falta para que te olvidara. Lástima. Me ha dicho un conocido que algún día me llevará de vuelta a la capital, que él la dice conocer bien. Los domingos en Madrid eran también de Rastro y oreja, de tenderete y tapa en bar cañí, de paseo y charla con amigos al mediodía, de sol en la cara. Todo aquello lo recuerdo con cariño, con tremendo cariño, sonrío al pensar en ello, pero no lo extraño. Debo ser que aquí vivo demasiado bien. ¿Quién tendrá la culpa?

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