Esperando

En la última semana la palabra que más me han repetido ha sido paciencia. Me la recomiendan amigos y amigas de distintos estratos, edades, gustos y manías. Dicen que con una dosis pequeñita acabaré abrazando la felicidad. Pero me recomiendan también una pequeña inyección de optimismo y confianza. Puede ser fácil decirlo. Lo cierto es que en estos momentos me siento como quien acaba de pasar un examen. He estudiado, he hecho los méritos que he podido en diez días, y ahora la profesora debe corregirme. ¿Qué nota obtendré? ¿Aprobado? ¿Suspenso? ¿Habrá alguno con mejor nota pese a no haber hincado los codos en estos días? Todos son dudas, pero ahora la suerte está echada. Solo queda esperar. De aprobar (o incluso sacar nota), algo me dice que habrá un estado de buen ánimo durante algún tiempo. De suspender, la cosa se pondrá jodida anímicamente, y quien sabe si Mitchum volverá a dejar paso al melancólico Dino. Miercoles, jueves, y quién sabe si incluso el viernes. Agónica espera, casi como del padre primerizo a las puertas del paritorio, o del pobre que confía su suerte a la quiniela y tiene todas a falta del pleno al 15. Largos minutos, interminables horas. Solo queda esperar. Ella tiene la solución.

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