Turquia se manifiesta

Estas últimas semanas me he llevado una sorpresa mayúscula con Turquía, país que visité el pasado año y en el que nunca creí que pudiese ocurrir todo lo que cuentan en los telediarios. Resulta que la sociedad civil se ha echado a la calle para decirle al primer ministro Erdogan que no quieren que el presidente de la República sea un islamista, moderado o no. Este partido es el gobernante en Turquía, un logro reciente, ya que desde que se fundó el país bajo principios laicos, nunca un partido religioso había ocupado el poder. Fíjese señora que circunstancia, la propia sociedad se levanta contra el poder democráticamente elegido para decirle que por encima de las leyes están los principios y los valores, y que cuando Ataturk refundó el país en el primer tercio del siglo XX precisamente quería evitar cualquier influencia religiosa en la marcha del país. La juventud universitaria se echó a la calle, y quizás los no tan jóvenes también. No quieren que su país quede engullido por la religión, porque esa nueva hornada turca no quiere ser Egipto, ni Irán, ni nada parecido. Me entusiasma cuando la sociedad civil le planta cara a la religión.
 
Porque por A o por B, Oriente Medio está sucumbiendo a una oleada islamista. Primero los islamistas asoman la patita a través de partidos moderados. Luego calan entre las clases más desfavorecidas a través de discursos moralistas que refrendan imanes y ayatolás en las mezquitas. Y de ahí, a cambiar las Constituciones por las leyes coránicas. Por arte de birlibirloque, nos nace un Irán y todo lo que ello conlleva: caldo de cultivo de todo lo que usté se imagina, señora. Turquía atravesaba recientemente una etapa difícil, donde se habían quemado librerías católicas (una minoría religiosa que apenas llega al 5% de la sociedad), se había amenazado a intelectuales por criticar al Islam (miren al Nobel Orhan Pamuk), y el Papa viajó a Estambul consciente de que más de uno le gustaría mancharle la casulla de rojo.
 
Me asombra Turquía, me asombra la voluntad inequívoca de las nuevas generaciones de que les puede gobernar cualquiera, pero el destino de su país está marcado en su Constitución, y no puede mancillarse con religiones. Pero me asombró en el sentido negativo que los militares turcos abriesen la boca y se postulasen igualmente del lado civil, criticando la elección de Gul como presidente de la República. El Ejército, en una democracia, no tiene voz ni voto, y está totalmente sometido al poder Ejecutivo y Legislativo. Cualquier circunstancia contraria no es tolerable, y lo último que necesita un país que transita por democrácias débiles es que los uniformados alcen la voz. Eso siempre acaba mal.
 
Por último, la Unión Europea. Me da que tuvieron demasiado en cuenta la salida de tono del Ejército. Pero lo cierto es que han mostrado su respaldo a que Gul sea elegido. Vamos, que se han vuelto puristas y aceptan a un islamista presidiendo un país que aspira a formar parte de la Unión, y que precisamente si Alemania ha vetado su entrada en el corto plazo, algo tendrá que ver que no se concibe en Europa a un país no ya islámico, sino por encima de todo que se guíe por preceptos religiosos y no de libertades. A veces no sé qué piensan en Bruselas.
 
Desde aquí, recordando la magia estambulí y una sociedad que me defraudó por provinciana y catetona, por ladrona y aprovechada del turista, mis más humildes disculpas. Hay que ser valiente, y sobre todo una profunda convicción de cómo quieres que sea tu país, para salir a la calle millones de personas para tumbar a un gobierno democráticamente elegido. Bravo Turquía, y ánimo.

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