Sarkozy en el país de los franceses

Arrastro desde hace años una confesada francofobia, que se compatibiliza con una declarada anglofilia. O lo que viene a ser lo mismo, no trago a los franceses mientras soy un entusiasta de todo lo inglés. Casi al revés que el español medio, que no soporta a los guiris y cree ver en los vecinos del norte de los Pirineos a un amigo. Puede que esto sean un puñado de tópicos, pero da la sensación que Francia mira al sur con el desprecio de quien se cree superior por razones de tipo económico, cultural y político. Parece que nos quisieran restregar por la nariz que su economía es más avanzada, que son un ejemplo de integración étnica y cultural con sus antiguas colonias, que inventaron la democracia guillotinando a su rey y proclamando una república, que no se amilanaron ante la invasión nazi y que sin ellos Europa estaría coja, manca y quien sabe si directamente moribunda. Puede que esto sea así, o puede que yo arrastre el complejo de vivir en un país que soportó cuarenta años una dictadura, que en el Viejo Continente (y fuera de él) pinta muy poco, bastante intolerante con los inmigrantes y con una economía dependiente del ladrillo.
 
Dicho todo lo cual, no dejo de reconocer que París es precioso (y caro), y que eso de los castillos del Loira debe ser una pasada (y cara). Ayer hubo elecciones, y ha ganado el candidato abiertamente proclamado como de derechas. Nicolas Sarkozy no se intentó hacer pasar por un tipo de centro. No, no, ese era Bayrou. "Sarko" era de derechas, y no se avergonzó de basar su campaña en la mano dura contra la delincuencia juvenil que apela a mayo del 68 para delinquir y quemar coches siguiendo nosecuál ideología absurda, en regular la inmigración norteafricana, y sobre todo, en devolverle a la nación francesa (allí entienden que sólo hay una y no pelean por lo políticamente correcto) el rumbo perdido en los años de Chirac al frente del Palacio del Eliseo.
 
Puede parecer que cuando un político abandona el terreno de las políticas palpables y aborda el campo de los valores, el ciudadano pierde el contacto con su clase dirigente. Un país, a mi juicio, debe saber a dónde va, ha de tener una conciencia colectiva, unos valores y creencias arraigadas que le valgan para forjar un futuro desde un pasado asentado. Y aunque pueda sonar chocante, creo que está correspondiendo a los partidos de derecha o centro-derecha jugar este papel. Blair lo hizo en Inglaterra con su "nuevo laborismo" (descendiente de la Tercera Vía europea, vinculada al centro, y no al eje socialdemócrata europeo), Merkel está propugnándolo en Alemania, Durao Barroso lo intentó en Portugal hasta que le llamaron para irse de vacaciones a la UE, y los países nórdicos están igualmente abrazando este espectro político. Italia no cuenta, es un país políticamente amoral. Les gobernó Berlusconi…
 
La victoria de Sarkozy debe proporcionarnos a los españoles una serie de enseñanzas claves. Primero, que mientras que su rival, la socialista Segolene Royal, proclamó que su victoria como derechista levantaría los ánimos y provocaría disturbios sociales, la sociedad no se achantó y votó en conciencia al mejor candidato. En España, ¿hace cuánto que llevamos oyendo al PSOE decir que la oposición es "la extrema derecha" y que "crispa"? ¿Es triste pensar que su mensaje ha calado en el subconsciente del ciudadano? En segundo lugar, Sarkozy quiere devolverle la dignidad a un país que parece haberla perdido, que no se encuentra en Europa, que no se siente referente para nada ni nadie. Yo deseo que en España también se nos devuelva, porque siento que andamos a la deriva desde que en política exterior nos abrazamos a Chavez, Castro, Evo y demás saltimbanquis pseudodemócratas, porque me avergüenzo de un Estado que se pliega al terrorismo (véase el indulto a De Juana o la no impugnación de todas las listas batasunas), porque en lugar de soluciones para problemas básicos de los españoles (la carestía de la vivienda, la precariedad laboral, la inmigración ilegal, …) está más preocupado en replantearse el modelo de país enfrentando a territorios o en inventarse leyes de "memoria histórica" para decir quién ganó o quién no ganó la Guerra Civil.
 
No es menos cierto que el perfil de Nicolas Sarkozy entronca más con Alberto Ruiz Gallardón que con Mariano Rajoy. Y pese a que Chirac fue un presidente anodino y que pasó sin pena nigloria por doce años de la historia de Francia, nadie reprochará ni recordará a Sarkozy que formó parte de sus gobiernos, ya que se le concederá el beneficio de la duda. En España nos gusta más recordar que si menganito fue ministro de cual en tal gobierno, que a su vez aprobó, en otro ministerio que no era de su competencia, tal ley o norma escandalosamente impopular. Vamos, es como culpar al director de márketing de una empresa de los errores del consejo de administración o del departamento de Recursos Humanos. Pero así somos nosotros, lo primero echar mierda a otro para que esté tan sucio como nosotros, y en igualdad de condiciones, igual proponer cosas constructivas. Aunque lo más triste de todo es que Sarkozy es un tipo que ha ilusionado a una parte de Francia. Incluso Royal era una mujer capaz de suscitar un espíritu de cambio en la política francesa. Y sin embargo, aquí en España no creemos en nuestros dirigentes, nos parecen anodinos, grises, y sobre todo, poco creibles. Por una vez, me dan envidia estos franceses.

2 comments

  1. Etoy de acuerdo con casi todo lo que escribes,sin embargo…los problemas son culpa del olvido de principios y valores de la gente… en fin yo soy pianista asi que no puedo opinar demasiado solo de se de Bach,Beethoven,Stravinsky…y de lo hermoso del mundo…

  2. Precisamente estimado anónimo creo que en nuestro país, y quizás en Europa, la lucha ahora no está en las políticas o los programas, no está en impuestos o en rebajas, sino en los valores y las ideas. El terreno de las convicciones es donde nadie puede mentir, donde antes o después quedará desnudo ante la opinión pública. Sarkozy no ha tenido el más mínimo reparo en poner las suyas sobre la mesa, y que todos las conozcan. Puede que le falte talante, o que diga cosas que a algunos no le gusten, pero tuvo coraje y valor para decir lo que pensaba. En España todavía somos presa de lo políticamente correcto. Quizás porque preferimos un tonto que sonría a un tipo listo pero que gruñe y tiene malas formas. País!

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