Rocky Balboa

El cine es el hogar de las leyendas. En el celuloide nacen, crecen, se multiplican con innecesarias secuelas y precuelas, y si algún día llegan a morir, es que nunca merecieron semejante consideración. Vemos personajes con los que desearíamos tomar una copa, a los que nos gustaría llegar a conocer, y por los que probablemente sentimos un cariño especial. Para una generación, Rocky Balboa es una leyenda. Tardíamente, para mí también. Y sí, influye mi particular pasión por el boxeo y el subgénero cinematográfico que ha creado este deporte. Yo soy de emocionarme con Paul Newman en "Marcado por el odio", por Robert de Niro en "Toro Salvaje", e incluso por Russell Crowe en "Cinderella Man". Guiño especial para el Robert Ryan de "The Set-Up", del maestro Robert Wise.
 
"Rocky" (1976) nos (me) conmovió por ser la típica historia de un tipo normal, del montón tirando a poca cosa. Era un personaje al que le ofrecieron un puñado de dólares para que un campeón de boxeo ganara tres veces más y engordara su orgullo. Le costaba hilar cuatro frases seguidas. Era tímido, pero con un punto ingenioso, más por su inocencia que otra cosa. Pero por encima de todo, se subió a un ring sabiendo que iba a recibir una paliza. Le daba igual. Porque en aquella maravillosa película de John G. Avildsen, Rocky nos enseñaba que lo importante muchas veces no es ganar en esta vida, sino mantenerte de pie y aguantar los envites cuando ésta golpea duro, hacerle saber que no tienes miedo y que habrá de pasar por encima tuya antes de que tires la toalla. La victoria no es un título, sino un estado emocional.
 
"Rocky Balboa" es una sombra de aquella maravilla de 1976. Han pasado 30 años. Y la película tiene el mismo patrón que las cuatro continuaciones que intentaron explotar la historia del infeliz que conquista la gloria sin llegar a triunfar. Fueron basura, concebidas para hacer dinero con un mito, pensando erróneamente que engordaban la leyenda. Da náuseas recordar a Rocky embutido en las calzonas con los colores de USA pegándose con aquel ruso avieso de Ivan Drago. Ahora, hay un tipo viejo, decadente, que vive de contar batallitas en su restaurante, viudo, y que tan solo necesita sentirse vivo una vez más. La película no vale gran cosa, pero al menos no avergüenza, como el póker de despropósitos que Stallone puso en marcha tras el arrollador éxito de la original.
 
Esta no te hace llorar. Apenas te lleva a recordar cuando Rocky escuchaba, en los últimos instantes de la primera película, y con la inconfundible melodía de Bill Conti de fondo, que el "ring announcer" daba por vencedor a Apollo Creed, pero su única preocupación era abrazarse con la frágil Adrian, esa presencia que merodea "Rocky Balboa" y no se encuentra por ningún lado. Stallone se homenajea a sí mismo, o quizás sencillamente procura eso, mantener viva una leyenda no viendo su presente, sino dando motivos para recordar el pasado. Puede que busque transportar de entonces las emociones que su película ya no suscita. No obstante, se mantiene dentro de lo formalmente decente.
 
Ese es el espíritu de Rocky, del "Potro Italiano", aunque puede que no de sus películas. Larga vida a la leyenda, campeón.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s