En la muerte de Pinochet

Lo a gusto que se queda uno cuando se muere un dictador. O para ser más exactos y generalistas, cuando expira cualquier persona a la que un régimen de libertades le produce urticaria. Y Pinochet, aparte de ser uno de los peores especímenes de esta calaña, encima fue un asesino y un torturador, que se ensañó con otros seres humanos por el sencillo hecho de no compartir su ideología, y abrazando ese estúpido axioma de las derechas fascistas que era la caza del comunismo. ¡Ni que la hoz y el martillo tuvieran el más mínimo peligro más allá de China y la Rusia soviética, por favor! Y el ex general (que no ex dictador, porque este tipo de profesiones va en la sangre), va y se muere sin que la Justicia le haya condenado.
 
No obstante, creo que la Historia ya ha adoptado su veredicto. Sus crímenes están perfectamente recogidos en los medios de comunicación. A nadie, salvo a los descerebrados que lloran su muerte, engaña este siniestro personaje. Quizás únicamente quede por aclarar si además de un asesino múltiple era un ladrón, y robó dinero de las arcas chilenas para enriquecer a su casta. Eso sí debe ser investigado. Ahora bien, tan absurdo es seguir con los procesamientos hacia su persona como esa idea de IU y ERC para revisar los juicios del franquismo. Aquí en España, la Historia (con mayúsculas) también tiene una sentencia meridianamente clara hacia la dictadura que nos cercenó las libertades durante 36 años.
 
Muerto está, y muerto habrá de quedarse. Pero estos días se suceden acontecimientos tristes y vergonzosos, como la agresión injustificada de los partidarios del asesino Pinochet a los periodistas españoles que pretenden desempeñar su trabajo en Chile. Estos exaltados, que en España militarían sin dudar en Falange o Fuerza Nueva, consideran que nuestro país fue el culpable por abrir la espita de procesos judiciales contra el dictador, y que eso fue traicionar a un señor ancianito que sólo quería jugar con sus nietecitos. Pobrecito él. Por una vez, esas ansias de publicidad de Baltasar Garzón sirvieron para algo. Estos enajenados, estos agresores, estos indocumentados que (vamos a sacar el argumentario de la metrópoli) nos deben su cultura y su idioma, para empezar, bien deberían esconder sus caras, para que sus vecinos no sepan que lloran amargamente la marcha de uno de los personajes más tenebrosos y miserables del siglo XX. Yo no dejaría a mis hijos que jugaran con los hijos de esta gentuza.
 
No obstante, y ya para terminar, tampoco es que España pueda dar ejemplos de transiciones ni de funerales de dictadores. Franco aquí murió en la cama, mandando hasta el último día, firmando sentencias de muerte hasta con la mano temblorosa, y su luto tiñó a medio país, mientras el otro esperaba a que la libertad no fuera un elemento a contemplar en el extranjero. Aquí apenas sí podemos dar lecciones de cómo cambiar de una dictadura a un régimen democrático sin hacer ruido y sin romper la baraja, y de cómo incluso reconvertimos a figuras del franquismo en padres de la democracia, como Suárez o Fraga. Pasa que luego llega Don Manuel y dice que la tiranía de Pinochet apenas cometió "algunos excesos". Con declaraciones así, bien podría irse a hacerle compañía al más allá.
 
PD: Fidel, eres el siguiente. Kim Jong Il, tu también.

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