LA vs NY

Yo no odio a América. Es una frase que muchos españoles no dicen, no se crean. Aquí tenemos una particular fobia a lo estadounidense. No sé si es por puro complejo de que una sociedad milenaria como la nuestra haya sido engullida por una cultura de usar y tirar como la norteamericana, que apenas cuenta con 250 años de vida. Eso por un lado. Tampoco sé si es por el colonialismo militar que practican por Europa, con bases en este Viejo Continente, y sin ir más lejos, Rota y Morón, población que algo conozco. O definitivamente ignoro si es por la prepotencia que algunos de sus mandatarios han mostrado a lo largo de los años. Sea como fuere, cualquiera que levante la voz y se defina como "antiamericanista" sería un gran candidato para darle unas orejas de burro. Por no llamarle tonto, vamos, que insultar siempre está feo.
 
América es un país hecho a sí mismo. Vale, arrasaron a los indios y a lo que se les pone por delante, no respetan la legalidad internacional ni aceptan un no por respuesta. Pero más allá de eso, es una nación de ciudadanos y no de territorios, y todos ellos, por encima de diferencias ideológicas (que las hay y abismales), se sienten americanos. No ejercen de patriotas a diario, pero es una cosa que no les hace sentir vergüenza. Aquí no somos capaces de tal atrevimiento. Si eres un patriota en España eres un facha de mucho cuidado, que seguramente por las noches escuches nostálgico el Cara al Sol y llores de emoción los 20-N recordando a Arias Navarro en la tele. Al que piense esto, otras orejitas.
 
Con todo ello, viajar a Norteamérica es uno de mis deseos pendientes a medio plazo. Mi dinero sólo me da para pasearme por Nueva York, pero yo en verdad quiero ir a Los Angeles. La meca del cine. Donde hace 80 años comenzaban las megaproducciones de la Metro, donde los hermanos Warner daban forma al género negro, donde Busby Berkeley inventaba coreografías grandiosas para sus musicales, donde la noche era el verdadero día, y como decía el amigo Louis B. Mayer, "hay más estrellas que en el cielo". Quiero pasear por los bulevares de LA, hacer mil y una fotos a las estrellas del Hall of Fame, sentarme como un pasmarote a leer una y otra vez el letrero ese de "Hollywood" y revolcarme en la alfombra del Teatro Chino. Seré el turista más tópico que haya existido, iré reconociendo barrios y esquinas, monumentos y vistas, que habré visto mil veces en las películas.
 
Y poca gente entiende cómo soy capaz de desdeñar la culta NY, con sus museos y sus plazas y todo eso, por irme al frívolo LA, donde lo único que se enseña en un museo son las reliquias de la época más dorada del cine. Es cuestión de sueños, de ánimo, de deseos, de sentirte por un segundo parte de todo aquello. Incluso, estando en LA es posible acercarse a San Francisco y bajar en el tranvía por esa enorme cuesta que desemboca en el penal de Alcatraz. O si me apuran, en tres horas cruzas el desierto de Nevada y apareces en la ciudad de los excesos, Las Vegas, uno de los lugares más míticos del mundo. Sí, también quiero ir a Las Vegas, y jugar en sus casinos, y pasear por el Luxor, el MGM Grand, el Flamingo, Nueva Venecia y todo ese lujo artificial de cartón piedra que han creado para que gastes y gastes y gastes. Esa es la magia de América, que busques lo que busques, lo tienes, y no habrás de avergonzarte por ello. Mientras nosotros aquí estamos, preocupándonos si las casas del Pocero son más o menos legales. Con 4.000 km de costa a costa, ¿se creen que tienen problemas de urbanismo en EE.UU.?

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