Hasta siempre, Gordo

Hoy estoy un poco más solo en este puto mundo. Ha muerto mi perro. En su cartilla decía que se llamaba Bilbo, porque así le puse ganándole a mi padre la partida, que quería ponerle Frodo. Ya ves. Pero yo creo que nunca le llamé así. Para mi fue siempre mi Gordo, una bola de pelo que llegó a mi casa hace once años, cuando apenas tenía dos meses, y entonces sí que aullaba como los lobos de las películas. El segundo que emitió ya lo hizo con esa voz de bajo que siempre le caracterizó y que no olvidaré nunca. Mi Gordo era una de las pocas personas a las que yo he querido. Para mi no era mi perro, era mi Gordo, era parte de mi familia, parte de mi casa, parte de un concepto de vida que se acaba. Es un nuevo recuerdo de mi pasado que se va a la mierda por caprichos del destino. Sí, estaba mayor, y ha muerto de viejo, después de pasar sus últimos días en el jardín de mi casa tirado, sin hacer otra cosa salvo ver los amaneceres y atardeceres del Guadiana. Se ha ido para siempre, y ya no podré volver a pasar la mano por su lomo de pelo suave y sedoso, ni a mirarle a esos ojos marrones insondables que escondían el orgullo de un perro noble. Y escribo esto y se me hace un nudo en la garganta. Y seguramente volveré a mi casa pronto, y cuando no note su simple presencia se me caerá una lágrima. Y será un gesto de debilidad. Pero será por alguien a quien realmente he querido, que en esta cochina existencia no me sobran.
 
Se ha ido mi Gordo sin hacer ruido. En verano, cuando estuve por última vez en mi casa y me volvía para Santiago, me quedé mirándole. Seguía teniendo su arrogancia de caballero, de amigo. Me asaltó el pensamiento de si sería la última vez que lo vería. No me falló el pálpito. Algunos hijos de puta apalean a sus perros. Tienen tanta nobleza estos animales que si pudieran, ellos no lo harían. A la mierda el buen estado anímico. No puedo cerrar los ojos y no imaginarle en su porche, dueño y señor de su parcela de césped, guardián de su comida y celoso de cualquier intruso, que miraba sonriendo cuando tenía comida caliente y que nunca se quejó en sus últimos días. Gordo, allá donde estés, te he querido mucho, mucho. Adiós. Hasta siempre. No te olvidaré.

One comment

  1. q mal… has conseguido hacerme llorar…puf puf ya lo siento, algo parecido creo que me pasará a mi tarde o temprano: mi perrita tiene 15 años y esta conmigo desde los 6… me tengo que amoldar a lo que me espera, pero nunca se está preparado para estas cosas. En fin.. un besazo,y animo,que no falte.

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