Condiciones humanas

En esta sociedad permanentemente cambiante hay momentos en los que la vergüenza ajena y el pudor causan dudas exageradamente razonables. Hay quien me dice que filosofo demasiado, y sin quitarle la razón, añado que debe ser que me hago viejo o que la soledad hace que la hormigonera mental dé vueltas de más. Sea como fuere, esto merece ser contado.
 
Estoy en Palma de Mallorca. Llegué el jueves bien de mañana y aproveché para conocer de primera mano uno de los lugares con más fama de la capital Balear: la playa de Magalluf, en la localidad de Calvià. No es que sea conocida por sus arenales, ni tan siquiera por sus monumentos. Nadie la cita en las guías turísticas por una gastronomía arrebatadora ni por la simpatía de sus gentes. En Magalluf se va a follar con extranjer@s. Así, a pelo. Suena espantoso, y es realmente espantoso.
 
Magalluf es un trozo de Mallorca que el turismo británico ha arrebatado a los mallorquines. Para ser gráficos, es lo más parecido a una playa de Bristol, pero en pleno Mediterráneo. Los bares, tiendas, restaurantes y servicios están rotulados en inglés, y si se acuerdan de que están en España, indican algo en castellano. Pero sin agobios. Y cae la noche. Y ves a hordas de jóvenes británicos que salen de redada. Buscan a británicas tan o más borrachas que ellos con los que resfregarse en los bares y que propicien una noche de sexo.
 
Es otra forma de turismo sexual. No crean que es exclusividad del Sudeste Asiático. Ni mucho menos. Allí es con menores, aquí es con borrachas. La condición del ser humano alcanza su grado más zafio, porque ellos y ellas pasan de ser personas para convertirse en útiles de una noche de placer. Son tetas y poyas andantes (perdón por la vulgaridad del léxico), sin otro interés o valor que el coito. A la mañana siguiente, si es que se acuerdan de lo ocurrido, cada uno volverá por su lado y se reiniciará el festival de la deshumanización.
 
A tal grado llega la situación que en ocasiones no es necesario abrir la boca. ¿Quién quiere palabras cuando puedes rozarte? ¿Para qué necesitas saber el nombre de alguien cuando le estás metiendo mano? La noche confunde en exceso por estas latitudes. Y lejos de ser un paraíso para ligones empedernidos, Magalluf se convierte en un lugar de depravación. Que no se entienda esto como un ataque de moralidad. Es más bien una sensación de que la Vieja Europa se va por el sumidero, y que la sociedad occidental ha perdido cualquier dirección. Si esto han de ser las nuevas generaciones de Inglaterra, Alemania o España, mal vamos.

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