El Papa en Valencia

Veamos. Ratzinger ha venido a nuestro país a presidir una especie de encuentro multitudinario alrededor de la familia, y sobre el matrimonio tradicional han versado la mayoría de sus discursos en estos dos días de estancia en España. No es casual, ya que la familia es uno de los muchos conceptos que, según la Iglesia, el Gobierno está dinamitando con su política desde la llegada de Zapatero, ese presidente que no ha estado presente en la despedida al Santo Padre ni en la misa celebrada en la mañana del domingo. Súmenle que los obispos no comparten tampoco la salida de la clase de religión de la enseñanza pública, ni el matrimonio gay, ni tan siquiera las reformas estatutarias. Si me permiten, esto último ni les va ni les viene, a menos que en el Estatut les obliguen a dar misas en catalán, que creo que no es el caso.
 
Y aquí que el bueno de Benedicto (XVI) lanza el mensaje que se esperaba, defendiendo a ultranza al hombre y a la mujer como núcleo del matrimonio, germen único de la familia y tal y cual. Es decir, nada nuevo bajo el sol. Los sectores más críticos de la sociedad, que suelen ir poco a misa de doce los domingos, atacan a la Iglesia por su inmovilismo en estos asuntos. No deja de ser curioso, porque en el hipotético caso de que el Papa siguiera sus consejos, estos mismos sectores seguirían sin pisar un templo. Entonces yo me digo, si no forman parte de la familia católica, ¿qué más les da?
 
No obstante, me parece que el papel de la Iglesia. En nuestro país asiste a una preocupante pérdida de la fe en los creyentes. Las iglesias no se llenan, las advocaciones en los seminarios caen en picado, y la religiosidad de la sociedad se diluye como un azucarillo a cada generación que pasa. Creo sinceramente que no se debe a los postulados de la institución, sean o no inmovilistas, sino por la evolución de las propias gentes. Las sociedades occidentales abrazan la razón y abandonan la religión, porque para abandonar la razón y abrazar la religión ya se sobran los países orientales, y en concreto los árabes.
 
Y esto lleva, a mi juicio, a que la Iglesia se deba replantear su papel en nuestros días. No creo que su mensaje de dogmas y fe llegue muy lejos, porque ya suena a chino lo de multiplicar panes y peces, curar leprosos o caminar sobre las aguas. El Catolicismo debe dar un paso adelante y desligarse de la vida, obra y milagros de Jesús para transmitir valores como la humildad, la honestidad, la sinceridad, y debería empezar por expulsar del templo radiofónico de la Cope a los mercaderes vociferantes. No nos engañemos, nuestra cultura nace de los valores católicos, para bien o para mal, y volver a ellos no significa retroceder, ni negar los avances de la ciencia, ni dejar de ser moderno. La religión debe enseñar a ser mejor personas, y no dedicarse a manipular u/o hacer uso del poder que dan las masas.
 
Solo cuando la Iglesia asuma esta coyuntura que presenta el Mundo recuperará la confianza de una sociedad cansada de entonar "por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa" y confesarse cada sábado, y que quiere que su párroco tenga un poco más de psicología y algo menos de dogmatismo. Pero mientras siga habiendo gente que le cante al Papa como si fuera la luz de sus vidas, todo seguirá exactamente igual. Ellos sabrán.

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