Mariano (Ozores), pero con reparos

Aquí sigo, todavía vivo tras la primera semana del maratón Ozores. Y lo cierto es que he colmado mis expectativas de pasarlo bien, con risas de esas que se escapan y líneas de guión absolutamente geniales (“No sé si chingarte u operarte del apéndice. Mejor lo primero”). Pero tambien he tropezado con las razones fundamentales que hacen del cine de Ozores carne de cañón para los sesudos críticos de televisión. Y he llegado a algunas conclusiones.
Había en su cine un aire de canalla, en una España en plena Transición, donde la supervivencia del españolito medio era básica. Aquella picaresca tan nuestra que Berlanga retrató con tan buen gusto en los cincuenta y sesenta era revisionada por Ozores con un estilo más zafio, pero mucho más cercana al espectador ramplón. Por eso mismo, todas sus películas de buscavidas (“Los bingueros”, “Los liantes”, “Agítela antes de usar”, “Los chulos”, “Yo hice a Roque III”, entre otras) no son mucho peores que el “Torrente” de ahora, y si me lo permiten, la última entrega de Santiago Segura tuvo más presupuesto que toda la filmografía de Pajares, Esteso, Landa y Gracita Morales junta.
Aquí todos los personajes son gañanes profesionales, tipos que se aprovechan unos de otros sin el más mínimo reparo, una imagen algo cruel de aquella España, pero bien válida, por otro lado. Se busca ganar cuatro duros o acabar echando un polvete con cualquier moza patria o extranjera. De ahí el despelote absolutamente gratuito y a veces cómico de las actrices (por llamarlas algo) del momento. Hay algo de sainete verbenero en Ozores, de maldad sana y un trasfondo de ironía a una realidad política que importaba bien poco al español de aquella época, por más que nos hicieran creer lo contrario. A nuestros padres les importaba saber si se legalizaba el divorcio, y no si Fernández Ordóñez se pasaba al PSOE o si Landelino Lavilla era amigo de Fraga. Este es, por tanto, un cine significativo de una época, y dejando constancia de que su calidad es baja o en ocasiones muy baja, tiene un tremendo valor como termómetro social.
Otra cosa es cuando el bueno de Ozores le da por intentar contar una historia con guión y no hila gag tras gag con Pajares y Esteso. Aquí hay muestras insufribles como “Qué gozada de divorcio” o “Padre: no hay más que dos”, engendro este último donde aparecen niños y hay canciones. El colmo de lo infumable. Ese tufillo moralizador no le casa bien a don Mariano, justamente cuando su mejor obra cómica es la más amoral posible. Y encima intenta combinar teta con moralina, y ya es el acabose. Deber imposible, imposible de ver.
Así que saco una conclusión rápida de toda esta primera entrega del maratón Ozores: su comedia barata y sencilla es, con mucho, mejor que “Borja Mari y Pocholo” o “Isi-Disi” o “Torrente (s)”, pero valorándola en su justa medida; su cine ¿serio? no hay Cristo que lo aguante. Risa fácil hay, algo de vergüencilla ajena, pues también, oiga.
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