De vuelta

Todo lo bueno se acaba, incluso el sexo y el buen tiempo. Aunque esto último en Galicia es el pan nuestro de cada día, para qué mentir. A lo que iba, que las vacaciones se han esfumado y ya estamos de nuevo en la brecha guerrera finistérrica, al son que marca la Berenguela y contando los días para el ansiado verano. Y no es que haya algo en especial en el sur que me haga desear con ahínco que llegue agosto, pero es que en mis últimas dos bajadas he creido recuperar a los amigos. No es que antes no estuvieran, pero hay una cercanía y una sintonía ahora que antes parecía diluida. Son, junto con la familia, la razón por la que huyo de Galicia en vacaciones. Ni siquiera el sol sería reclamo suficiente si ellos no estuvieran.
 
Y en esta Semana Santa he descubierto más cosas. A decir verdad, más que descubrir ha sido un redescubrimiento: Sevilla. Qué ciudad. En pleno mes de abril, el azahar se abre hueco por sus calles, en tonalidad y en aroma, y envuelve a la ciudad en ese "color especial" que decía la canción. Me reafirmo en que dentro de 15 o 20 años desearé poder pasear cotidianamente por sus calles. Y me vuelvo a reafirmar en que dentro de 40 años me gustaría jubilarme a los pies del Guadiana. Pero si ni siquiera sé dónde estaré el próximo invierno, se antoja difícil vislumbrar un futuro a tan largo plazo.
 
Porque comienza la temporada de vela. Se ha hecho esperar, pero está aquí. Y aunque muchos (y muchas) consideren que me escapo a las regatas por motivos completamente superficiales (esto es, por esnobismo), lo cierto es que son la excusa perfecta para viajar y conocer nuevos sitios. Este año, los objetivos son Málaga y Valencia. Ya hay ganas de volar al Levante, sí señor. Por descontado, repetiremos en Palma, Vigo, Cascais, Bayona y Sanxenxo, y rezo todo lo que puedo para que salgan Barcelona y alguna en el Cantábrico. Pero Santander no, que hay mu mala gente por allí, jejeje.
 
Vaya con el resumencito. Bueno, creo que no me dejo nada así destacable. Las procesiones muy bien, como de costumbre. Mi Amargura muy mal llevada pero con esa mirada que tiene se disculpan hasta los errores en la trabajadera y el llamador. Y un servidor en pleno proceso entre el sí y el no, reformulando su filosofía de vida para adecuarla a la realidad y desligarla del deseo y la plegaria. Es difícil de entender, pero mejor así, que no me entero ni yo, de modo que puede ser completamente interpretable. Ea.

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