Marbella

Es el comentario de moda en las peluquerías de este país, junto a la salud de Rocío Jurado y lo mono que es Pipi Estrada. A lo que iba, a nadie se le escapa lo de Marbella, uno de los mayores golpes contra la corrupción generalizada en nuestro país, muy del gusto de aquel socialismo de los 90, cuando la etapa de Juan Guerra, Javier de la Rosa, Mariano Rubio, Luis Roldán, Rafael Vera… No creo que sea necesario seguir, no. Lo de la Costa del Sol es la crónica de una muerte anunciada cuando se defenestró a Gil y llegó Cachuli. Evidentemente, se veía venir. Lo curioso es cómo los implicados en este turbio asunto estaban confiados en que la Justicia (con mayúsculas) miraría para otro lado tras la muerte de don Jesús. Pasó lo habitual (o casi habitual) en Andalucía: el cortijo cambia de manos, cambia de nombre, pero los señoritos siguen levantándose a la misma hora y aprovechándose igual de guardeses y sirvientes, que en esta poco lograda metáfora vienen a ser los ciudadanos.
 
Lo realmente grave es esa concepción de lo público que se tiene en según que estereotipos de política local. Los pueblos "pertenecen" al alcalde y sus tocapalmas asalariados, que hacen y deshacen a su antojo, y si alguien osa levantar la voz, pueden surgirle complicaciones en urbanismo, hacienda o, en casos concretos, en un oscuro callejón cuando regresa a su casa. Para algo se inventaron las mafias, leñe. Estas malformaciones políticas toman cuerpo de naturalidad, y se nos hace extraño cuando aparece un tipo honrado. De ahí que los españoles miremos con desconfianza a los políticos. En Andalucía, si cabe, este rollo cortijil se ha convertido en un rasgo más del folclore propio, a lo que ha contribuido decisivamente el califato de Manuel Chaves y su visir, Gaspar Zarrías.
 
Pero a lo que iba. Lo verdaderamente grave es que se ha actuado contra Marbella porque la alfombra que tapaba la mierda del Ayuntamiento ya no daba abasto. Y cuando se acumula basura en exceso, se corre el riesgo de que reviente y salpique a cualquiera, esté donde esté. Ahora los saqueadores del dinero municipal están entre rejas, o lo estarán próximamente. Pero el amasijo de miles o millones de euros está desaparecido, blanqueado, o con mucha suerte, dilapidado en un altísimo porcentaje. ¿Y quién devuelve ese dinero a los ciudadanos? ¿Quién volverá a pagar sus impuestos después de que durante dos décadas hayan servido para los más sucios trapicheos? Lamentablemente, la cárcel no reparará los números rojos.
 
La duda ahora es si la actuación en Marbella se extenderá. Porque aviso: generalizar estas inspecciones abocaría a enjuiciar a decenas de alcaldes y concejales irresponsables y delincuentes, y yo me sé más de uno. ¿Seguimos haciendo limpia o con lo hecho calmamos a la opinión pública?

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