Decisiones

Que la vida es jodida nadie lo niega, ni siquiera aquellos que nacen en acaudaladas familias y cuya única preocupación es en qué dilapidar herencias e inversiones. Menudo dilema, ¿no? El destino no respeta sentimientos, ni deseos, ni a la propia felicidad. Se cruza en tu camino, y es un "o lo tomas o lo dejas", dura encrucijada para aquellos que de por sí nos cuesta afrontar el reto de tomar decisiones.
 
En este decimotercer día gris y lluvioso en Santiago recibo la llamada de quien me anuncia que estoy propuesto para un nuevo cargo fuera de Galicia, dentro del periódico, y que me trasladaría a la otra punta de España. Es, profesionalmente hablando, una oferta irrenunciable, circunstancia que la diferencia de otros muchos trabajos que me fueron presentados en el pasado y que rechacé con más rapidez que otra cosa. Quizás porque entonces, tanto (o puede que más) como ahora, entendí que primaba más mi felicidad que un contrato y normalizar mi vida laboral.
 
Ahora las condiciones son inmejorables, pero van emparejadas a un trabajo que no va a ser fácil, en el que hay que afrontar retos y superarlos, y en el que además no me los marco yo, sino el propio periódico. Hay que renunciar al "trabajo-disfrute" que es el mundo de las regatas, y las amistades y contactos que todo ello supone. Hay que decir adiós a una ciudad que pese a su clima me ha conquistado, seguramente porque por sus calles me he enamorado de la persona a quien más he querido, pero que hoy engrosa los archivos de mi pasado.
 
Alicante como ciudad no me gusta. Ese es mi destino. El pasado año la conocí, y salí asustado de un laberinto de hormigón y chalets espantoso, por no hablar de sus semáforos. Pero ahora no sé si tengo miedo a dar ese gran salto adelante o que realmente soy una persona que valora más la felicidad que cualquier sueldo. Irme de aquí es dar demasiadas despedidas a gente a la que he apreciado muchísimo y con la que he pasado muy buenos ratos. Y también es despedirme de una utopía que mi corazón lleva seis meses sepultando. Debe ser lo mejor, entonces.
 
Cuando el corazón quiere quedarse y el cebrebro pide irse, es cuando debes decidir qué quieres ser en esta vida: un hombre de éxito o un hombre feliz. No me pregunten, todavía estoy meditando.

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