Al bueno de Albert Hammond

Hace un puñado largo de años cantaba este tipo una cancioncilla pegadiza que llevaba por título "It never rains in Southern California", que venía a decir que en este Estado norteamericano iban a emparentarse con Almería y Murcia por la escasez de precipitaciones. Y no es que me acuerde de Albert Hammond aleatoriamente y por un capricho eventual de un servidor, es que desde que escribí aquí que la primavera había llegado no ha parado de llover en Santiago. Y esto es textual, no ha dejado de caer agüita del cielo desde el miércoles, impenitentemente y sin ningún tipo de concesión a los infantes que se aventuraron a hacer botellón en la Alameda compostelana. No es que la mojada de los protoalcohólicos púberes me suponga problema alguno, pero me gustaría decirle al que maneja la maquinita esta del tiempo que ya estamos en marzo, tronco, a finales, y que va siendo hora de que lleves la lluvia a Burundi o al Yucatán y nos dejes por aquí en paz, que tanta agua encoge y provoca humedades en la pared. Yo creo que es un castigo divino. Debe ser que cuando Dios hizo la Tierra y creó Galicia dijo "ya que hago un sitio bonito, tendrá que tener un lado oscuro". Y no le bastó con crear a Cuiña, sino que asoció al Finisterre una borrasca perpetua, casi tanto como el anticiclón que baña mi Andalucía 300 días al año y hace resplandecer el sol sevillano al mediodía. ¿Y a dónde quiero llegar con este post? Pues a ningún sitio, como de costumbre, pero si me quejo como que me siento más aliviado…

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