Mi vida como Soprano

Ya están de vuelta. Son Tony, Paulie, Silvio, Christopher, el tío Junior y el primo Tony B., o sea, la familia Soprano al completo, esta panda de mafiosos de Nueva Jersey que me tiene conquistado el corazón, pese a ser gente que vive de la extorsión, los bares de striptease, los negocios chungos y el soborno. Es la supervivencia de la familia, de la confianza entre parientes, de lazos de amistad inquebrantables, de apariencias y tradiciones que se han de mantener le pese a quien le pese. La Quinta Temporada que salió a la venta el martes ya me es carne de cañón. Y lo cierto es que es la más negra y oscura de cuantas se han realizado. Algo anuncia el ocaso de los Soprano, de ese orondo e inmenso James Gandolfini que sufre el divorcio con su mujer Carmela, el fin de los negocios de la familia y de su concepción mesiánica del poder. Sin embargo, entre el gran mosaico de personajes que David Chase creó para darle forma a este monumento televisivo, destaca con luz propia el patriarca de la saga, ese Tony Soprano que se sobrepone a los obstáculos de la vida a base de fuerza y tesón, de orgullo y aguante, y de reconocer en el momento justo cuando cometió un error, enmendándolo él mismo y sin que nadie detecte sus debilidades. De mayor, si se me deja, me pido ser Tony Soprano.

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