Munich

Steven Spielberg tiene dos facetas, la comercial y la profunda. Con la primera, se prueba a sí mismo que es capaz de dominar la taquilla y que su toque para el entretenimiento y la acción sigue tan intocable como cuando rodó Tiburón o ET. Por culpa de esta faceta sufrimos este pasado verano "La guerra de los mundos". La otra es con la que creo que quiere ser recordado cuando se muera y se le mencione en los libros de cine. Aquí, lo que cuenta es lo de menos, porque lo que desea es trascender una historia en concreto y alcanzar un mensaje más generalista. Bueno, pues "Munich" es esto último.
 
No negaré que las dos horas y media largas que dura la película hay ratos que se eternizan. Dan ganas de echar una cabezadita, porque hay una parte central que se calca de momentos anteriores y en la que no hay evolución alguna en los personajes. Son cosas que tiene que contar, y las cuenta, pero bien podría haberse ahorrado tanto detalle. Lo dicho, cuando se busca perpetuarse como "genio" del celuloide, lo de menos son las minucias. Quizás cayó esclavo del "basado en hechos reales".
 
Pero luego viene el poso que deja la película. Spielberg es judío. Y esta cinta a ratos es antijudía, o juega a ser antijudía en un país como Estados Unidos donde el lobby hebreo es poderosísimo. Creo que el mensaje de "la violencia engendra más violencia" que un gran Eric Bana pronuncia al final, sumado a ese plano de las Torres Gemelas tiene una réplica clara: señor Spielberg, ¿nos da usted la receta contra el terrorismo, o es más fácil reprochar que proponer? Ciertamente, los mensajes pacifistas se venden muy bien, son políticamente correctos cuando en tu país tienes un membrillo de la talla de Bush contra el que la clase artística está de uñas por su incompetencia manifiesta en cualquier tarea que afronta.
 
Dicho lo cual, me parece muy puro por parte de Spielberg trasladar la visión israelí de su conflicto con Palestina: esta fue la casa de nuestros antepasados y debemos protegerla. Esto es irrefutable, los judíos llevan casi tantos años sobre la faz de la Tierra como las aguas del Mar Rojo, y fueron los primitivos pobladores del actual Israel. Otra cosa es que seiscientos años después llegaran los musulmanes, Corán en mano, a reescribir la historia a su modo. Estamos, como de costumbre, empozoñados en la religión, aunque el director ha preferido no incidir en este tema por motivos obvios. Es mejor hablar de terrorismo a secas que de integrismo. No obstante, estamos ante una película más que correcta, sólida y bien estructurada, aunque larga, eso sí.
 
¿Y los israelíes son terroristas? Pues también, oiga. Y no es menos cierto que la Ley del Talión acabará por dejarnos ciegos a todos, pero al menos la ciudadanía israelí tiene la sensación de que su gobierno no se achanta ante el terror. En otros países no podemos decirlo con tanta seguridad. A fin de cuentas, dado que todo es relativo, uno sólo acaba buscando eso, sensaciones. Verdades absolutas… no quedan.

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