Londres: 4. Mercadillos y fútbol

Definitivamente soy un masoca. He de proclamarlo a los cuatro vientos. Cuando parecía que mis pies me concedían una tregua, voy yo y les azuzo con tres mercadillos (pero no pequeñitos, no no, aquí en Londres todo es grande) en media mañana. Ea, pa que descansen bien. Es el "otro" Londres, alejado de las grandes tiendas y las calles lujosas y señoriales. También hay sitio para la bohemia, el lumpen y el antisistema. La primera etiqueta corresponde a Camden Town. Bajo sus puentes, junto a su canal, dentro de sus túneles, toma forma un submundo lleno de supervivientes, de nostálgicos de los 70, donde el arte puede leerse de muchas maneras, y donde todo huele "a algo más". Es la ONU, pero gastronómica. Es también el centro del ingenio, de las camisetas con mensaje gracioso y el pantalón roto, donde el reciclaje es arte y el mobiliario un concepto a definir. Es, con mucho, el mejor mercadillo de Londres.
 
Los otros dos mercadillos están en el East End: Petticoat Lane y Brick Lane. El primero es un vertedero. Lo siento, me dio esa impresión. No lo recordaba ni tan sucio, ni tan intrascendente, ni tan vulgar. No tiene nada por lo que ser recordado. Todo lo contrario que Brick Lane, rodeado por casas de ladrillo rojo y muy colorista. Todo un descubrimiento pasear por sus calles, donde puedes comprar desde verduras en el puesto de un viejete, hasta bicicletas a buen precio (evidentemente, vienen de un sitio super legal).
 
Durante estos paseos fue donde hicieron acto de presencia los ataques de nostalgia. Más o menos los pude mantener a raya durante el grueso del viaje, pero si algo iba a gustarle a quien debía haber venido conmigo a este viaje, eso iban a ser estos mercadillos. Noté su ausencia, pero me quedé con la satisfacción de que puede que algún día, esa ilusión se haga realidad. O no.
 
El almuerzo fueron tallarines chinos en una franquicia asiática de Oxford Street, para refugiarme de nuevo en The Plough, al calor de unas pintas, mis periódicos y el fútbol. El menú fue doble: Chelsea-Liverpool y Barcelona-Atlético. En el descanso, compras. Nada especial, ofertillas de DVD para ver en mi reproductor de color negro marca Sony. Otro descubrimiento ha sido la Tetley’s, una cerveza roja puramente inglesa (los londinenses te puntualizan que la Murphy o la Kilkenny son irlandesas, no inglesas), bien fría y con su pequeño puntito de gas. Entre pinta y pinta, charlé con Malcolm, un vigilante del cercano British Museum que me informó de que un sueldo medio británico son la friolera de 18.000 libras, o su equivalente, 27.000 euros. Con eso, en España, eres un Rey. En Inglaterra, o mejor dicho, en Londres, subsistes.
 
Mis últimos pasos en la noche dominical estuvieron cargados de "sentimiento esponja", esto es, absorber con mis retinas todas las instantáneas posibles de la ciudad para llevármelas conmigo de vuelta a Santiago. Y así es. Cierro los ojos y veo los negros taxis londinenses; el olor del curry me contrae la pituitaria, al tiempo que esquivo imaginariamente a los vendedores ambulantes y peatones con prisa que inundan las aceras. Londres se me ha acabado. Pero no me quita la sonrisa: sé que volveré muy pronto.

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