Londres : 1. Tres serbias y un musical

Pasan pocos minutos de las tres, y el vuelo de Ryanair aterriza en el aeropuerto londinense de Stantsted. Pero vamos, se dice londinense aunque es como si ponemos un aeropuerto en Avila y decimos que es de Madrid… A lo que iba. Ya estaba en Londres. Así, casi sin creerlo todavía. Lo primero, un gélido recibimiento atmosférico: -1º. Los que me conocen saben de mi pánico al frío. Pues este fin de semana me he dado un atracón fino. Recogemos la maletita, y al tren para la ciudad, por el módico precio de 25 libras (esto son, unos 36 euros). Primera sorpresa: José Manuel Baltar y unos colegas en el tren. Hasta Londres me persiguen los de Orense, leñe.
 
Desembarco en el hostal y advierto la pura realidad: esto es un cuchiril… pero no hay pa mas. Así que me revisto de valor y me alojo en un cuarto de 15 metros cuadrados donde hay cuatro camas… y tres ya están ocupadas. ¡Anda, si esto es ropa de tía! Una de dos, o voy a dormir con tres amigos transexuales que viajan juntos por el mundo o, efectivamente, con tres chicas: Darka, Yelena y Anna. Serbias, para mas señas, y una auténtica bendición: no hacen ruido, no toquetean nada, no molestan, son simpáticas, dan charla, una de ellas habla español (incluso mejor que algún miembro de la Xunta) y van a su bola. Suelto los cacharros y comienza mi visita efectiva a Londres. Me zambullo en la ciudad.
 
El corazón de Londres se dice siempre que es Oxford Street. Es su calle de compras. Pero esta vez me he sentido algo decepcionado. Leicester Square arrastra mucha más gente, y es mucho más cómoda para pasear. Mis pasos se encaminan a ningún sitio. Soy como un somalí en un buffet de 45 platos (sí, el símil es mio), no doy abasto para abarcar tanta ciudad. Voy de aquí para allá, imbuyéndome del espíritu inglés (ese que tanto escasea en Londres gracias a su multiculturalidad incesante y bendita), respirando esa mezcla de comida con curry y hamburguesas que flota por el aire. Es Londres, casi lo había olvidado.
 
Quedó con Baltar para ir con su tropa al musical "We will rock you", aunque desisto por los desorbitados precios. Yo no pago 50 libras por una obra que está en Madrid por la mitad de precio, lo siento. En un intento desesperado de que la música me embriague, bajo Charing Cross hasta el Phoenix Theatre, donde siguen con "Blood Brothers" en cartel. La vi hace doce años, pero aquí sigue. Volví a verla, por apenas 17 libras (ahorro sustancial), y me llevé varias agradables sorpresas: la primera, que los propios acomodadores te acercan a butacas más caras cuando ven que no va a llenarse el patio; y la segunda, que casi el 40% de los espectadores eran entusiasmados chavales de 18 y 19 años, nada mojigatos, que estaban disfrutando con la obra. Ojalá fuera en España igual. Quizás la solución sea acercar este tipo de espectáculos con precios asequibles, y no inalcanzables costes que intentan cuadrar cifras en números rojos. A esta gente sí debería ayudar doña Carmen Calvo, y no a los vergonzosos cineastas, inútiles subvencionados por los días de los días. Acaba el tinglado, mastico una hamburguesa y regreso al hostal. Ha sido el único día en el que mis pies no me han dolido.
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