París se quema, se quema París…

La France, cuna ilustrada, origen de la democracia europea, baluarte de las libertades en el Viejo Continente, paradigma de la vanguardia cultural y referente intelectual de nosotros, los alelados mediterráneos… Pues mírenla, como arde por los cuatro costados, cada noche, sin falta. No es que me alegre del todo (cierta satisfacción inconfesable sí que albergo, no obstante), pero como de costumbre, es un ejemplo del que debemos aprender. La oleada de violencia nocturna en Francia viene de la mano de bandas juveniles, muy parecidas a esos Latin Kings o Ñetas que comienzan a poblar los suburbios de Madrid o Barcelona. Al principio, los franceses presumían de su capacidad para integrar a la emigración argelina y marroquí (la mayoritaria en el país vecino). Años más tarde, con los guetos explotando y en una situación irreversible, se lamentan de no haber regulado unos cauces migratorios desiguales y exageradamente generosos. Y ya hay quien en España alerta de que se pueden repetir estas situaciones.
 
Los españoles, tal y como los ve este humilde observador, no nos parecemos demasiado a los franceses. Presumimos de bastante poco, alardeamos casi nada en comparación con el resto de Europa, y disfrutamos con el placer de disfrutar de la vida, que no es poco. Además, solemos quejarnos abiertamente cuando algo nos es incómodo. Y poco a poco, la inmigración incontrolada (atención a este matiz), lo es. Los disturbios de Francia son el resultado de una inmigración mal regulada, mal estructurada y permisiva hacia la creación de zonas marginales, casi infrahumanas, muy al estilo de los barrios pobres sevillanos, donde por no entrar, no entra ni el camión de la basura. Esa gente, abandonada de la mano de Dios, es la que estalla ante las injusticias y las diferencias sociales.
 
Y quizás sea el momento para sacar varias conclusiones. Por ejemplo: que contra lo que algunos sectores intelectualísimos de la izquierda quieren hacernos ver, Francia no es un ejemplo a seguir, ni mucho menos. En segundo lugar, que la política de puertas abiertas para todo el que quiera venir a España es errónea: todo súbdito español, por nacimiento o residencia, ha de tener una mínima cobertura del Estado, y si éste no es capaz de comprometerla, que tome las medidas necesarias. Por último, dejando las visiones racistas y excluyentes a un lado, es necesario reformar la Ley de Extranjería para que todo aquel que quiera venir a España, por los cauces legales, tenga la garantía de que tendrá los mismos derechos que yo, o mi vecino del quinto. O nos aplicamos el cuento cuanto antes, o puede que cuando comiencen a arder coches en Madrid o Barcelona sea demasiado tarde. Para entonces, puede que medio París esté calcinado.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s