Trampa

En este mismo instante, estoy haciendo trampa. Se lo reconozco sin rubor, señora. Como lo oye. Porque usté está leyendo esto, y cree que es un post recién salido del horno, pergeñado tras una noche de sueño reparador, en el que las neuronas han tenido tiempo de echarse una cabezadita, recuperar serotonina y hacer combustión en mi cabeza. Eso es lo que pensaría viendo la fecha de publicación, esa especie de notario que da fe de mi capacidad para amontonar ideas en este inservible blog.

Pero he hecho trampa. De vez en cuando, soy así, tramposo. Ya sabe que, en general, todo aquel que es o alguna vez fue periodista tiene esa condición de individuo de poco fiar. Porque esto no es un pan humeante, sino una baguette de esas precocidas, congeladas y recalentadas en el microondas. Este montón absurdo de palabras se compusieron ayer, en el más lamentable de los estados físicos y mentales, víctima del agotamiento, incapaz de ser original. Y cuando se pierde esa pobre virtud, lo mejor es sincerarse, arrojarse a contar lo que entra por los ojos. Y ahora mismo es poco, porque tras 12 horas en pie, bizqueo por culpa de una lentilla que debe andar reseca. Como mi cabeza, más o menos.

Todos tenemos un punto tramposete. Hay quien iguala a trampear con mentir. Y no son exactamente vicios comparables. Sólamente tienen en común el hecho de que ambos son gestos voluntarios, premeditados y alevosos. Bueno, y que quizás a través de los dos puedes llegar a buscar un bien mayor, lo que según Maquiavelo redime la mala conducta. El tramposo se hermana con el tahúr, con el pícaro, con el bribonzuelo (que no el Bribón, con mayúsculas regias). Hay sonrisa en su pillería. La mentira genera podredumbre moral, tiene un poso autodestructivo. Pero admito que una y otra pueden acabar creando adicción.

¿Por qué hacemos trampas? Porque queremos algo por encima del resto de las cosas. Sin necesidad de que sea tangible. A veces es un estado anímico, otras algo tan valioso pero inmaterial como un beso, un guiño, una caricia. En el terreno de los sentimientos, las trampas son un aliado, pero las mentiras son una bomba de relojería de mecha incierta. Las primeras pueden perdonarse con una sonrisa. Las explosiones sólo dejan pedazos y destrucción a su alrededor.

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